Samarcanda

º

“Triumph” (1872), Vasily Vereshchagin

GONZALO TRINIDAD VALTIERRA |

Si vino y bellezas hay, pide vino y bellezas,

siéntate junto al agua que el verde prado riega,

deja diablos y hurís al musulmán que crea,

mañana puedes morir si es que mañana llega.

Omar Khayyám

 

En la encrucijada, en medio de las raspaduras de la roca y el desierto, entre dos mundos cortando el silencio del oriente que apunta al occidente, se encuentra Samarcanda.

Sobre el tiempo —ciudad antigua— se elevan sus arquitecturas turquesas y sus algebraicos entramados sobre la tierra. Mezquitas con cúpulas gigantes más azules que el cielo del desierto. Arabescos de jade, oro, zafiro y de otros preciosos nombres de levante. Sus madrazas se resisten a las arenas del tiempo y se levantan fúnebres y majestuosas sobre el valle. Samarcanda es la joya del valle de Zarafshan, asediada miles de años por oriente y occidente.

Marco Polo conoció la ciudad mientras recorría la ruta de la seda. Sus bazares y mercados atestados de riquezas. Una ciudad tan vieja, tan femenina, tan ciudad, no podría estar construida de otra forma. No tiene un centro, toda ella es un centro en sí misma, atrae desde cualquier punto, en cualquier momento del día. Cuando el sol relame el oriente parece nacida de la luz. Cuando se ofusca el astro rey en mirarla desde la parte más alta se convierte en un espejismo que el viajero solitario montado a camello, o las caravanas enteras, confunden con el paraíso, que no es sino un jardín. Cuando el sol va descendiendo, Samarcanda adquiere un encanto delicado y un tanto fúnebre; los aromas de todo el día se asientan en sus plazas, en los caravasares y los puestos ambulantes. Los trashumantes que mercan con especias y vinos se solazan un poco, las mujeres descansan, las mezquitas se llenan de silencio, las aguas reposan sobre sus fuentes prístinas que reflejan las estrellas, o la luna que ha abierto el ojo. Es de noche en Samarcanda.

A veces amanece con una luz como de vino rosado, una invitación al pensamiento, al deleite, al descanso, al vino. ¿Cuántas mujeres y hombres han reposado el alma en esas tierras maravillosas, en esas callejas antiguas, en esos jardines de flores inagotables o sobre las piedras milenarias de Samarcanda? ¿Cuántas han amado a más de uno y cuántas han muerto por uno de sus amados? ¿Qué lunas han desvestido esa ciudad que late como un enorme corazón desértico, retumbando y dando tumbos en las noches frías y los días cálidos? Sólo Omar Khayyám lo sabe.

En Ramadán, la ciudad cobra un sentido diferente. El cuerpo, carente del sustento se vuelca sobre los dulces del espíritu. La ciudad se enaltece, aún más. Se vuelve lívida, sus colores aumentan en profundidad, las mezquitas parecen flotar sobre la tierra, el mulá engrosa su voz, que parece salir de una tormenta. La arena se disuelve en las manos como el aire desértico.

En Samarcanda los amaneceres son más claros. Lo importante es escuchar a la ciudad cuando te llama Y lo hace. La escuchas, danzas su compás, las estrellas te llenan los ojos, el agua acaricia tu cuerpo, pero entonces miras a una mujer hermosa de ojos inmensos, de ojos que atestiguan el nacimiento de la ciudad desde quién sabe cuándo —quizá 20 años, quizá mil—, no lo sabes. Piensas entonces que la ciudad es encantadora, pero sus hijas lo son más.

El día que muera la madre de las ciudades no habrá ningún rincón para los hombres en la tierra. Ocurrirá un verano. Como aquél en el que Omar Khayyám, de apenas veinticuatro años, llegó a ella. La ciudad cupo en sus palabras, porque eran las de un terrible y profundo abismo, un espíritu que podía contener mil veces Samarcanda. Sólo así se salvan las ciudades: en los lomos dromedarios de sus creadores.

La guerra aviva. De alguna forma lo hace. Samarcanda recibió los prodigios de muchas ciudades que han dejado de existir. Ciudades que llegaron a sus puertas en pergaminos, en vasijas, en ricos collares, concentradas en ideas que los sabios debatían, cruzaron sus arcos y se hicieron un lugar en sus bibliotecas. Se comerciaba con dioses y con ideas que viajaban en las caravanas. Esta ciudad no precisaba del papel, sus muros contenían mosaicos astronómicos, filosóficos y teológicos que los estudiantes aprendían directamente de la ciudad, de las mezquitas, y de otros lugares recónditos e indescifrables, perdidos ahora bajo la arena. Una ciudad ornamentada con la sabiduría de sus barbados pensadores, embozados con turbantes marrones. Samarcanda era un centro, como una aljibe que acumula agua fresca.

Pocas ciudades han nacido para perseverar tanto como Samarcanda. Lo tiene en la sangre. Es decir, en las aguas, en las piedras, en los muros, en los arabescos ancestrales que aderezan sus columnas, en las murallas y torres, en los invisibles guardas que velan las noches desiertas, en los silencios impetuosos que sólo las cigarras se atreven a interrumpir. Tiene la rebeldía de pocas ciudades, pues “los astrólogos los han proclamado desde el alba de los tiempos y no han mentido: cuatro ciudades han nacido bajo el signo de la rebelión, Samarcanda, la Meca, Damasco y Palermo”, en palabras de Amin Maalouf.  

Tamorlán

No tardarían en llegar a oídos de los reyes europeos las maravillas y los horrores del oriente, el sensualismo y su exotismo atraería a los hombres como la luna a las mareas. El precipicio que se tendía en pos al siglo XVI en Europa, cercano al colapso de un mundo cerrado, finito, organizado de acuerdo a una voluntad divina —agonizante— se perfilaba desde antes, subrepticiamente, en la mente de los viajeros como Marco Polo.

Cientos de años después de que Omar Khayyám pisara Samarcanda, otro hombre haría un viaje aún más largo, más peligroso, para descubrir la mítica ciudad, Ruy González de Clavijo.

Una tarde, a los veintiún días del mes mayo del año mil cuatrocientos tres, partieron en una carraca del puerto de Santa María, Cádiz. La embajada abordo de la nave comercial, enviada por el rey Enrique III de Castilla y León, estaba formada por el madrileño Ruy González de Clavijo, el teólogo Alonso Páez de Santa María y el guarda del rey Gómez Salazar. Zarparon de Cádiz con la misión de entregar al gran Tamburec, último conquistador nómada del oriente, posible descendiente del gran Khan, una carta de alianza escrita por el rey castellano.

La embajada llegó por mar a Trebisonda, y luego por tierra hasta Samarcanda. Un viaje de tres años; ida y vuelta. Clavijo escribió entonces lo que sería el primer libro de viajes de la narrativa española. ¿Sería exagerado considerar los viajes narrados por Clavijo como una obra equiparable a la de Marco Polo? Ambas son parte de la tradición Occidental de las narrativas alusivas a los viajes, cierto. Embajada a Tamorlán es la crónica del viaje hecho por los tres enviados del rey castellano hasta Samaricante (Samarcanda), el centro del imperio de Tamburec. Pero hay una diferencia, la narración de Clavijo es parte de nuestra tradición en lengua castellana, del pensamiento en español, de nuestra literatura; mayor razón para acogerla como propia y sopesar sus consecuencias sobre viajeros posteriores, los que llegarían al nuevo mundo.

La embajada castellana atravesó el mediterráneo fondeando varios puertos hasta Constantinopla. Una vez llegados, narra Clavijo, visitaron las maravillosas edificaciones —ya en ruinas— que los sorprendieron tanto. Debió ser esa noble ciudad un espectáculo maravilloso en otro tiempo, pues en la época en que la embajada llegó, encontraron los grandes edificios, iglesias y monasterios “todos caídos”. Clavijo se concentró en describir las peripecias por mar y tierra que superaron junto con su cargamento destinado al rey Tamburec.

Igualmente exaltaba las maravillas arquitectónicas de iglesias y catedrales que de mezquitas y madrazas. Tenía el ojo del explorador ávido de enriquecer los sentidos y de asimilar ideas nuevas. Cuenta que sólo en Constantinopla había tres mil edificaciones religiosas. Y en todas las que la embajada visitó, acompañados de sirvientes del sultán, descubrieron sus mosaicos riquísimos, y las reliquias adornadas de pedrería y aljófar, que iban de brazos de santos a fragmentos de la vera-cruz.

Mientras más se adentraban en tierras de Tamburec, el paisaje cambiaba con rapidez. Del mediterráneo llegaron a cordilleras nevadas con castillos, luego a valles ricos en árboles frutales y sembradíos, hasta ciudades armenias, griegas o turcas donde los recibían personajes variopintos vestidos a modo muy particular. Como la ciudad de Arsinga, junto al Eúfrates, “uno de los ríos que salen del Paraíso”, cuenta Clavijo, que estaba atestada de cristianos, armenios, moros y griegos tras los mismos muros.

En los límites de Armenia y Persia la embajada castellana se encontró con el embajador del sultán de Babilonia, tributario del Señor de Hierro, Tamburec. Pues en todo el oriente, desde Anatolia hasta Catay se enteraron del triunfo de Tamburec sobre el sultán Persa y el sultán turco Aldayre Bayazet. A partir de ese momento, cuenta Clavijo, después de encontrarse con el embajador de Babilonia, sería “tierra bien caliente”.

Madrid

Después de atravesar gran parte del mundo conocido, la comitiva descubrió las torres, los muros, las cúpulas fulgurantes como ojos que miraban el cielo; los pórticos que narraban las historias de Samaricante, primera ciudad que Tamburec conquistó, y “la que él más ennoblecía de las que había conquistado”, cuenta Clavijo.

Los embajadores traían consigo gerifaltes, oro, joyas, telas, además de jornusas (jirafas) y marfiles (elefantes) enviados por el sultán de Babilonia. Pero no había riquezas comparables con la propia Samarcanda, el rubí del desierto. Esta ciudad estaba habitada de maestros en todas las artes conocidas traídos de cada ciudad del imperio musulmán de Tamburec, de todo levante, desde Anatolia hasta los límites con Catay, desde la India hasta Tantalia. Estaban ahí por mandato del conquistador. Y Clavijo cuenta que al ver la ciudad que poblaban tantos maestros no pudo compararla con otra, pues “avía tantos, que era maravilla”.

Después esperaron a ser recibidos por el gran emperador para entregar su carga más preciada, la carta del rey castellano. Una propuesta de alianza contra los turcos. Ese día nunca llegó. La embajada fue invitada, sin embargo, a compartir la comida y el vino con Tamburec más de una vez, en esas reuniones bajo las estrellas, que recuerdan a Las mil y una noches, conocieron al último conquistador de levante.

En una de tantos banquetes se postró Clavijo, el siempre noble señor de la Corte de Castilla, frente al gran Tamburec. Un bigote turco definía su rostro, vestía un turbante y estaba cubierto de finísimas telas blancas como las nubes, delicados arabescos entramados recorrían sus vestiduras y acentuaban su posición de conquistador; la pedrería turquesa, las joyas verdes y rojizas, el olor almizclado del palacio enervaba los sentidos de los embajadores sobrevivientes (Gómez Salazar murió durante el viaje presa del calor inminente). Un enorme rubí coronaba la imponente figura del conquistador nacido en la misma Samarcanda, corazón de su imperio.

El emperador rompió el silencio.—¿De qué tierras vienes? —preguntó Tamburec a Clavijo.

—De un pueblo llamado Madrid —contestó Clavijo, hombre de la Corte pero humilde ante el conquistador. En ese tiempo todavía no existía la imponente Madrid, era apenas un montón de casas.

—No he tenido noticias de esas tierras —dijo Tamburec mientras pasaba sus dedos sobre un tablero de ajedrez hecho de marfil.

—Se encuentra de camino a donde se pone el sol —contestó Clavijo, sin idea de que un siglo después el sol nunca se pondría en los reinos de la Corona Española.

—Pues tome el nombre de Madrid el pueblo que hay al norte de la hermosa Samarcanda —decretó el gran Tamburec, dándole un largo trago a su copa bellamente adornada.

Clavijo narra después la vuelta a Castilla, entre sus pertenencias aún llevaba la carta del rey Enrique III.

| RMM | GT | @Seliztli |

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