Saramago, la literatura como prédica

Ensayo_sobre_ceguera_Saramago-AlfaguaraLos escritores, en general todos los artistas, buscan expresar sus percepciones, su visión particular del mundo, de un problema, de la sociedad en que viven, de la humanidad toda. Quieren compartir con sus lectores qué piensan al respecto, en unos casos con la finalidad de generar un diálogo o una reflexión, en otros por mero narcisismo y vanidad intelectual. Algunos construyen discursos muy documentados, otros ofrecen observaciones espontáneas.

Tal vez el género más idóneo para ello sea el ensayo, pero el novelista tiene la pulsión de proyectarlo a través de una historia y echa mano de sus recursos técnicos para, entre las líneas de la trama, filtrar su discurso. Y es válido. Si el arte no sirve para decir libremente lo que se quiera y lo que se sienta y lo que se piense, entonces no sirve para nada.

Ensayo sobre la ceguera (1995) es una larga, compleja y profunda reflexión sobre la condición humana. Desde muchos ángulos y a partir de muchas situaciones, José Saramago desnuda a sus personajes y los reduce a su estado más puro, los retrotrae al principio de los tiempos, al primitivismo más salvaje.

Todo parte de un hecho inquietante: súbita, espontáneamente, los habitantes de una ciudad primero, luego de todo un país, comienzan a quedarse ciegos, sin explicación científica ni médica. El gobierno decide poner en cuarentena, dentro de un manicomio abandonado, a los primeros ciegos que detecta, con la esperanza de que se trate de una epidemia y se controle con el confinamiento. Los ciegos se ven aislados y condenados a convivir, pero con todas las limitantes naturales de perder un sentido, tal vez del que más dependemos. En pocos días, la población aislada sufre una regresión brutal de miles de años de evolución histórica, social y cultural.

Una vez que tocan fondo, que regresan al comienzo de la historia del hombre, reinician el camino de la evolución. Dentro del manicomio fueron construyendo, poco a poco, una forma de organización social, ciertas reglas básicas para una convivencia lo más ordenada e higiénica posible, para un reparto lo más equitativo posible de la comida que el gobierno les proveía. En el ala en la que estaban recluidos los personajes sobre los que se centra la mirada del narrador, habían logrado cierta estabilidad dentro de la incertidumbre. Sin embargo, repentinamente, los habitantes de otra ala consiguieron, no queda claro cómo, acaparar por la fuerza (tenían en su poder la única pistola dentro del manicomio, lo cual tampoco queda claro cómo lograron introducirla) el alimento que el gobierno abastecía para todos.

A cambio de la comida, primero exigieron dinero y objetos de valor, los cuales en su estado de cautiverio y de ceguera, de poco o nada servían a los malvados (así juzgados moralmente por el propio narrador); cuando no había más qué recaudar, las mujeres tuvieron que pagar con su cuerpo por el alimento.

En este punto del relato es donde termina la literatura y comienza la prédica, cuando menos cuando, esta se hace más preponderante que aquélla.

Después de la humillación sexual que sufren las mujeres, los oprimidos reúnen coraje. Se rebelan contra los avaros acaparadores del alimento y logran escapar de su dominio y del cautiverio, una especie de clímax narrativo en el que confluye y resuena toda la carga simbólica que el narrador fue generando desde la primera línea. Simbolismo que se hizo explícito con la tensión entre los grupos, entre las clases: los explotadores que extraen de los sometidos lo poco que les queda, aunque a aquéllos no les signifique ninguna utilidad práctica. Pura sed de riqueza y de poder.

Digo que la prédica prevalece sobre la literatura, es decir, sobre la narrativa, porque todo el libro está salpicado de ilustrativas  disertaciones sobre la condición humana, en lo individual y en lo colectivo. A uno lo mueven a pensar qué tan frágiles son los pilares sobre los que hemos construido civilización  y sociedad; detrás de las que protegemos nuestra vulnerabilidad frente a la naturaleza y frente a los demás. Desde este punto de vista, es un libro notable, digno de un premio Nobel.

Sin embargo, desde el punto de vista narrativo, la historia se muestra coja. El conflicto surge de un hecho repentino, lo cual es válido, pero el desenlace también se da por un hecho circunstancial, que hubiera sucedido de todas maneras. Es decir, el conflicto se resuelve solo, no lo resuelven los personajes a partir de una serie de acciones y de decisiones que fueran encaminando la historia hacia su final.

Sí, los personajes son otros cuando termina la novela, pero realmente no superaron el conflicto, simplemente fueron víctimas del azar y tuvieron que acoplarse a las circunstancias que ese azar les impuso. El destino los transformó a ellos, en vez de que fueran los personajes quienes modelaran y cambiaran su rumbo, lo cual es mucho más interesante, intenso e imaginativo para el género narrativo.

Ahora bien, hay que reconocer que este papel de víctimas es congruente con la caracterización general de los personajes y con el enfoque que, de ellos, nos da el narrador. De su boca sale en cada diálogo un caudal de filosofía trascendental, tanto fatalista como esperanzadora, que los convierte más bien en voceros de la prédica del narrador. Y eso los vuelve un poco lejanos; sí, uno se compadece de sus penurias y de su hambre, uno comprende su desesperación y su impotencia, pero tanto estoicismo y tanta filosofía los deshumaniza y los hace ver como un mero pretexto del autor, un pretexto estilístico para enunciar lo que quiere decir.

A ello se suma que es un relato colectivo, un relato sobre un grupo de personas, en el que alguno de los personajes apenas destaca sobre los demás y adquiere mayor protagonismo. No es la historia de uno o dos personajes fundamentales rodeados de otros que tengan determinadas funciones en el desarrollo, culminación y resolución del conflicto de los protagonistas. Aquí todos valen lo mismo, no es una novela individualista, sino una con profunda conciencia social.

Claro que entre ellos sucede todo lo que en una novela debe suceder: un niño pierde a su madre y el grupo lo acoge (digno de un relato comunitario), las dos parejas tienen sus tensiones y las resuelven, el hombre soltero y la mujer soltera, terminan enamorados; algún otro muere en sacrificio por la causa colectiva. Empero, estos casos no dejan de ser lejanos para el lector.

Ante las dificultades, cada personaje reacciona a su manera porque sí y de forma injustificada, pues no tenemos mayor información de cada uno, no los conocemos y sus actitudes individuales y específicas no generan empatía. Son extras, no personajes. Pareciera que nacieron el día que se quedaron ciegos y entraron en la novela, pues poco sabemos de sus motivaciones para actuar de una u otra forma. ¿Será que es imposible plantear el antecedente de los, aproximadamente, diez protagonistas? He ahí el problema de que sea un relato colectivo.

¿Qué pasaría si de repente todos perdiéramos la vista? Saramago nos da su respuesta, la cual no es para nada disparatada: nos volveríamos anarquistas, regresaríamos a un estado primitivo y cada quien buscaría maximizar su propia utilidad, aún en perjuicio de la de los demás. ¿Qué pasaría si repentinamente la recuperáramos? Tal vez aprenderíamos a ver todo de otra manera. Son preguntas válidas y espeluznantes, dignas de un premio Nobel, pero para plantearlas y contestarlas narrativamente, no basta que el artífice y sus personajes filosofen sobre ellas. Hay que construir una historia en la que la prédica sea el telón de fondo, no la protagonista.

503 Comments

  1. Major thanks for the article.Thanks Again.

  2. Im thankful for the blog post.Really thank you! Great.

  3. Awesome post.Really looking forward to read more. Want more.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*