“Sin pan y sin trabajo”, la humanidad del arte

“Sin pan y sin trabajo” (1892-1893), Ernesto de la Cárcova

CARLOS EDUARDO MALDONADO |

Ernesto de la Cárcova (1866-1927), el par de artistas argentinos como Antonio Berni o Carlos Alonso. Nos encontramos aquí con el cuadro más famoso de De la Cárcova; un óleo sobre tela, que se encuentra actualmente en el Museo Nacional de Bellas Artes, en Buenos Aires. Un artista alimentado por las ideas socialistas, y el conocimiento del mundo (Roma, París, y su Buenos Aires).  Pero un socialista refinado por el mundo y con el mundo. También un dandy, como lo calificara Rubén Darío, en su famoso concepto sobre el artista.

Observemos el cuadro. Perfectamente simétricos, equidistantes, un hombre y una mujer. Una estancia modesta. Entre ambos, una mesa rústica, y sobre ella el hacha sobre la mesa; un hacha desempleada. Un hombre de unos cuarenta años, pero que se ve mayor, avejentado por el sufrimiento y los trabajos de todos los días. Cansado de tanto aguantar. El hombre se inclina sobre la mesa, hacia la ventana, tanto como hacia su mujer y su hijo (hija). El espaldar de la silla exhibe la inclinación, en ese punto exacto en el que, un centímetro más, y la silla caerá al piso. Cosa que, sabemos, nunca sucederá. Pues el hombre apoya su mano derecha sobre el postigo interior de la ventana.

La mujer lleva el cabello recogido en una moña en la parte trasera de su cabeza. Peinada por la mitad, resalta su cabello negro. El rostro, desde luego, está apenas bañado. De nariz ligeramente prominente, es de grandes ojos, de los cuales, si se observa con cuidado, sale una mirada intensa. La boca está ligeramente entreabierta. Lo cual, si se mira a su vez el rostro del hombre, nos permite darnos cuenta que hemos entrado al cuadro justo en medio de una conversación.

La mujer y el hombre no son jóvenes, pero tampoco son viejos. El cuerpo ha sido golpeado por el descuido y la falta de alimento. Aunque no sobra el amor. Algo avejentados, es cierto, pero sin que, por lo pronto, asome la enfermedad. Que siempre acompaña a la pobreza. Se ve algo de delgadez, algo de palidez incluso, pero el cuerpo aún encuentra en los rincones más inauditos reservas; aunque no se sepa bien para cuánto tiempo.

Los tonos que dominan el cuadro son plúmbeos. Casi toda la gama de grises se pueda apreciar- por ejemplo en la cortina (o velo) que se encuentra en el fondo derecho superior y cuya punta, cuando es sostenida por una mano por el hombre, se adivina blanca, o beige; para no mencionar el color verdadero que la constituye: el color desteñido. Que es el verdadero color de la pobreza. Peor aún: el color-desteñido, uno de los colores primarios de la pobreza.

Y domina también el color café, y sus gamas. Y el tono negro, con todos sus matices: negro profundo, negro oscuro, negro-de-abandono, negro-de-uso y negro-de-gastado.

Los únicos colores que constituyen una excepción en este cuadro de De la Cárcova son el azul de la camisa del hombre, la mantita blanca que cubre al bebé, y como una pequeña mancha exterior, el color naranja de una de las fábricas que se ven al otro lado de la ventana, conformando el paisaje urbano. Porque hasta los árboles que se alcanza a avizorar en la calle son plúmbeos. El gris: ese color feo que es el anticipo de un gran agujero negro para los cromatismos.

Existe, sí, una conversación en proceso entre la mujer y el hombre. Un diálogo sobre y ambientado en la vida y la miseria, sobre el pasado y el futuro, en la impotencia y las ganas. Una conversación sobre las limitaciones culturales y la fuerza misma de la vida.

La mujer está sentada de tal suerte que la luz del sol cae sobre su bebé, pero casi de frente a su hombre. Y el hombre, a su vez, sentado sobre la mesa desnuda, se inclina sobre la misma, como visando al mismo tiempo a su mujer y su hijo (o hija) y al mundo que se anticipa a través de la ventana. La mujer tendrá unos treinta y tantos años, y se ve, igual que su esposo, avejentada prematuramente.

Un bebé mama leche del pecho de su madre. La naturaleza que siempre deja lo mejor para las creaturas: en el vientre, y mientras se alimentan del pecho materno. Las últimas reservas nutricionales van dirigidas al bebé que mama de su madre, inocente, esto es, ignorante del presente, del pasado, y pero que quiere significar el futuro.

El puño izquierdo del hombre está cerrado, como señal de ira y lucha, de rencor, y rabia, de esfuerzo y aguante. Al igual que lo está la mano derecha de la madre, como mimetizada por el gesto del hombre.

La piel de la mujer aparece más pálida. Como muchas veces en el pasado, acaso porque lo mejor de la comida se le deja al hombre que es quien trae el sustento diario a la casa. Para generar fuerzas y para alimentar las ganas.

La luz del sol entre oblicua, y cae directamente sobre el bebé. Alimentándose, también de la energía del sol.

Detrás del hombre prima uno de esos tonos plomizos desvencijados. Por el contrario, detrás de la mujer domina el negro, ese mismo negro que sirve de base al cuadro, de un extremo al otro. Un negro en el que ya no se ven piernas ni pies, patas ni piso, objetos ni deseos. El negro, que es el lugar en el que se indiferencian los colores.

Se trata de una pareja fenotípicamente blanca. En Argentina. Ese país en el que los indígenas terminaron de ser eliminados por las fuerzas del estado nacional argentino, los que quedaban de la devastación española. Porque en otros países de América Latina, esta pareja del cuadro con seguridad sería de origen indígena o campesino.

Entre el hombre y la mujer se encuentra esa mesa. La mesa, cabe pensar, les ha servido de muchas cosas. Hace, excepcionalmente, las veces de mesa de comedor, aunque ya no tenga ninguna fruta, ningún pan, ningún plato o cubierto. Hace tiempo que es una mesa desnuda. Aunque, la verdad, no disfraza su desnudez, la exhibe, si cabe, con dignidad. Fue una mesa también en la que se guardaban cosas queridas, pero no queda ya ninguna. El cajón, del lado del observador, entreabierto (o entrecerrado) no exhibe ya ningún picaporte ni adorno. Y el cajón, por lo que vemos y adivinamos, también se encuentra desierto.

Ninguna herramienta en toda la línea de la palabra se ve en el cuadro, a no ser por esa hacha de mango medio, y uno o dos clavos largos. Hacha por un lado, martillo por el otro. Presumiblemente, las últimas posesiones de la pareja. Herramientas de trabajo, instrumentos del esfuerzo cotidiano.

Y la ventana: está cerrada. Lo cual permite comprender que ni es primavera ni es verano, pues entonces estuviera abierta refrescando la estancia. El cielo gris, afuera, el cielo de la ciudad, está nublado. Lo cual permite presagiar que estamos en otoño. Un poco más y llegará el invierno. Y como siempre en la historia y la naturaleza, el tiempo del aguante. Acaso el tiempo de aprovechar lo que se ha reservado durante la primavera y el verano. Cosa que no es el caso en este cuadro.

En fin, ese aire frioso de otoño no es bueno cuando la escasez, las limitaciones y el hambre acosan.

El cuadro es ese: Sin pan y sin trabajo. El cuadro de la resistencia. Pero también, de la vida privada.

Y del otro lado la vida pública, la ciudad, el anonimato. Del otro lado nada da indicios de vida: sólo estructuras e indiferencia. Por el contrario, es de este lado que está la vida. Aferrándose a los resquicios y las comisuras, como en muchas ocasiones alguna brizna pasto entre ladrillos, o como alguna flor en medio del cemento. Lo imposible.

Sin embargo, el cuadro no necesita del título; aunque el título sea una bofetada a la sensibilidad más fina. Título y pintura son, aquí, una sola y misma cosa.

De la Cárcova no se ha concentrado aquí en el formalismo. Por el contrario, aquí el formalismo se encuentra al servicio de la representación, de la sensibilidad del artista, que es lo que sobresale a toda vista. Incluso podríamos considerar alguna incongruencia en la forma como la luz del sol que entra en la habitación está repartida, digamos, de forma poco realista. Pero no es el caso.

El cuadro expone la humanidad más humana que pueda haber. La capacidad de resistencia. Las ganas de aguantar. Y la ira que alimenta a la vida y mira, desde la distancia, al mundo anónimo, frío, representado por la ciudad y sus construcciones.

Aquello que nos hace humanos es la capacidad para remontar la fuerza de los elementos, de un lado, y de otro, para superar las injusticias y las desgracias de la cultura, la sociedad, los poderes y el estado. Nos hace humanos la capacidad para encontrar en el amor un motivo de sustento; o para inventarnos la esperanza; o para soñar en un tiempo mejor y distinto. Por lo menos.

El hacha que está sobre la mesa es herramienta habitual de labores agrarias. Y lo que se ve a través de la ventana es la irrupción de las fábricas. Un dramático giro en la historia social y humana. Por ello el hacha se acompaña de clavos y hace las veces de martillo. Análogamente a lo que hoy podría ser la herramienta de trabajo, la máquina, y el computador; por ejemplo.

Sin pan y sin trabajo es uno de esos cuadros en los que se encuentran y se refuerzan mutuamente la psicología del arte, la sociología del arte, la estética y la teoría del arte. Tomando como hilo conductor a la plástica, en el lenguaje del óleo.

Hay instantes que parecen eternos en la vida. Esos en los que se espera lo totalmente indeterminado como si pudiera aportar la esperanza o una promesa cumplida. De la Cárcova ha logrado pintar un largo, un eterno instante, que se prolonga a ritmo micrométrico. Más lento de lo que el hombre y la mujer quisieran. El instante de un diálogo que acaso ha sido ya recurrente en los días anteriores, y que volverá a serlo, con seguridad, a la mañana siguiente. Para no hablar de esa pesadilla que es el sueño que no logra conciliarse por las preocupaciones de la existencia, por las deudas, las penurias, las carencias. Ya ni el sueño es una vía de descanso o de escape. En circunstancias así, el sueño, cuando llega, arriba, justamente, como un largo instante. Para despertarse con la conciencia de que no se tiene nada, que el hijo merece lo mejor, que la vida es una carga.

Pero no existe claudicación en el cuadro. No hay derrota ni abandono. Por el contrario, lo que apreciamos es aún la ira y el empuje, las ganas y el combate. La mano izquierda del hombre, esa mano hermosa esculpida por el trabajo, mano gruesa y callosa, se cierra en un puño que permite comprender que no hay derrota, sino, hay combate.

La misma lucha que se observa en la mano derecha de la mujer. Incluso en los dedos abiertos, ligeramente semi-empuñados, que sostienen las piernas del bebé.

Sin pan y sin trabajo, pero también sin derrota y sin claudicación. La mirada hacia la ventana puede ser vista también como la mirada hacia esos espacios que se ven con el corazón, o con el espíritu, más allá de las cosas y los objetos, donde anidan las ganas mismas de la vida.

No dejarse vencer por la pobreza y la miseria, no derrotarse tampoco a sí mismos. Al fin y al cabo, y sin estoicismos, la verdadera victoria no es sobre las circunstancias, sino sobre nosotros mismos, para poder, al cabo, aprovechar cuanta oportunidad se entrevea. Al fin y al cabo, la vida es una cuestión consistente en lograr ver y poder aprovechar cuanta ocasión o evento podamos imaginar. Pues, según parece, el destino no es otra cosa que el nombre que damos a una sucesión aleatoria de coyunturas y casualidades.

Contra cualquier clase de realismo, confiar: confiar en el destino, o en la aleatoriedad, o en la suerte, o en alguna de estas providencias. Como se llame, y cualquiera que sea su rostro, sin que, sin embargo, de lo mismo una forma que la otra.  Pues la realidad sólo exige de los seres humanos una sola alternativa: negarla y superarla. Pues el realismo comporta, por sí mismo, pesimismo y claudicación, aceptación y entrega.

De la Cárcova es un ejemplo conspicuo de la humanidad del arte, en el sentido de esa capacidad para no sucumbir ante el peso de lo real. Por el contrario, por encima, en contra, a pesar de lo real mismo, encontrar alguna hebra fina y sutil, imperceptible, casi invisible, para encontrarle sentido a las cosas, para aferrarse a la existencia, para encontrar las fuerzas para rebelarse. Rebelarse, resistir: lo mínimamente humano.

¿Y la felicidad? La felicidad es aquí el saberse juntos; contar uno con otro; y confiar en el buen destino, o en alguno de estos buenos dioses para que el hijo (o hija) tenga un mejor destino. La felicidad es aquí una mezcla de presente puro y de esperanza guardada. Es la mirada del hombre y la de la mujer que se encuentran y llenan ese espacio, vacío de otra manera. La felicidad es la esperanza misma que le permite a la pareja superar la mierda de la vida.

| RMM | CEM | @philocomplex |

___________

Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh.

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