Imagen cortesía del autor

Adriana Hernández Segura|

Un hábitat pretendido civilizatorio que se desploma en lo decadente, de eso trata la muestra fotográfica de la Agencia Ostkreuz, que se presenta en el Museo de la Ciudad de México hasta el 10 de abril y que también puede apreciarse en la página de la Agencia buscando por el nombre del fotógrafo.

La muestra se compone de series que capturan momentos del ser humano en diversas ciudades como Ordos, Prípiat, Manila, Lagos, Detroit, Dubai, Gaza, Las Vegas, Auroville y Atlantis. El tema de todas las series coincide en mostrar de forma realista la idea de “Ciudad” tratando de hallar en ellas, el sentido del ser humano, su provenir y la razón de su decadencia.

En la serie de “Ordos” del fotógrafo Mauricio Weiss, por ejemplo, lo que pudiera ser un simple hombre dispuesto a trabajar la tierra, se asemeja más a un enterrador que se presenta de pie,  sujetando una pala apoyada en la superficie de un campo virgen y dispuesto a darle sepultura a la naturaleza para la construcción de una Ciudad, probablemente no la Ciudad imaginada por ese trabajador, sino por quien domina al trabajador y que ordena que la Ciudad debe ser de concreto, en la que haya edificios de dos o tres pisos habitados por decenas o centenas de personas. Parece casi como si el hombre fuera un “cadáver” viviente, con la mirada perdida y listo para iniciar mecánicamente un exterminio de la naturaleza, en pos del progreso y la “Ciudad”, se trata de un trabajador imposibilitado a decidir sobre el destino de la tierra que está a punto de sepultar.

Otra fotografía interesante es de la serie “Ciudad Terrible” del fotógrafo Heinrich Völkel, en la que nos coloca dentro de un cuarto con las paredes quemadas, en el piso hay pedazos del aplanado del cemento de la pared y en la pared central hay una ventana sin vidrio y con el marco casi destruido que deja ver el cielo azul, limpio, incluso con tres nubes casi perfectas. No hay seres vivos en el cuarto, ni rastros de ellos, no hay ni una planta, ni un gato, ni una cucaracha, la construcción está tan sola que incluso hace dudar que sea una construcción del ser humano porque falta una conexión entre esa habitación y las personas que ahí se encontraban (si es que se encontraban). Solo a través de la ventana se ve lo natural, lo verdaderamente significante, lo que tiene una real relación con el ser humano y que parece decirnos que el hábitat está afuera y no dentro del cuarto, no es esa parte de la “Ciudad”. ¿Quién construyó el cuarto? ¿La idea mercantil de “Ciudad”?

En la serie “Detroit”, el fotógrafo Dawin Meckel, se cuestiona si una ciudad que vivió la grandeza de empresas automovilísticas y que a causa de ellas se desmoronó, sea la excepción o el destino de todas las ciudades. Sibylle Bergemann en la serie “Berlin” incluso habla de esa contradicción de querer y no estar en la Ciudad: “nos pasaba como con tantas otras cosas en ese país. Uno las ve pero por otro lado no las ve, uno se quiere ir y luego siempre no”. Casi como si esa decadencia estuviera justo ahí, en la necesidad y no de defender la forma de vida en una Ciudad que no ofrece “valores”, demasiado rígida pero funcional para el materialismo, para el “avance” y para la dominación política, como lo dice Bolívar Echeverría en “Valor de Uso y Utopía”, es decir, somos conscientes de que esas ciudades están aniquilando valores, costumbres, lenguas, tradiciones, cultura y humanidad pero nos rehusamos a abandonarlas. Nos encontramos en una condición de enfermedad en la que todo lo que somos es cuerpo y no espíritu.

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La muestra nos cuestiona el conocimiento que tenemos acerca del mundo y de nuestra propia existencia. Construimos ciudades que ponen a la vista la falta de entendimiento hacia nosotros mismos como parte de un mundo natural en el que para sobrevivir debemos solidarizarnos y subordinarnos a esa naturaleza con la finalidad de conservarla, pareciera que nos hemos convertido en lo que Hegel llamó el “Amo”, pues estamos dominando y consumiendo hasta acabar la naturaleza. Hemos perdido nuestra esencia humana en la transformación de este mundo, lo estamos acabando y esa extinción será la propia también.

Estamos obligados a pensar en alternativas de organización social, nuevas formas que no se llamen “Ciudad”, que no sean funcionales al materialismo, ni convenientes a la dominación, por ejemplo, una  “comunidad” en la que el pensamiento político humanista sea una labor diaria que confirme el espíritu de todos nosotros, que elimine las contradicciones propias de la “Ciudad”.

Es interesante incluso lo que no se muestra de forma directa en las fotografías, por ejemplo, no se ve a las grandes constructoras, a los personajes que imaginaron y llevaron adelante la idea mercantil de “Ciudad”, “porvenir”, “progreso”, “civilización”. Hay una fotografía en la serie “Prípiat, 2009” del fotógrafo Andrei Krementschouk, en la que parece que no podemos movernos, ni caminar por ninguna parte pues el piso está desordenado, nos crea una confusión con tantos libros tirados entre pedazos de mosaico y cemento, empolvados, incrustados casi como parte del piso, neblina al fondo del cuarto, dos espacios donde creo que había puertas, las puertas tiradas, las paredes desgastadas, es una fotografía estresante que pone en duda el conocimiento que hay en esos libros, que nos pregunta ¿es esto una Ciudad, una civilización, progreso, porvenir? ¿De qué sirve este conocimiento que tienes? Es una imagen chocante porque nos deja solos con la idea de que nuestro conocimiento no es verdadero. Eso que sabemos de la Ciudad, de la civilización, de la educación, del progreso, de lo socialmente correcto es mentira. Tenemos que empezar de nuevo, tenemos que cuestionarlo todo.

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Adriana Hernández Segura es  Licenciada en Derecho por la UNAM, Maestría en Derecho por la UNAM y por la Università degli Studi di Roma Tor Vergata. Le interesan los temas relacionados con filosofía, el capitalismo, el derecho, la economía y movimientos antisistémicos.