Templanza

"Target with Four Faces", (1955), Jasper Johns

“Target with Four Faces”, (1955), Jasper Johns

LUIS AGUILAR |

Tras la discusión, que a Emilio le pareció eterna, Valentina le exigió que no la buscara. Era miércoles y tenía pensado no volver a verlo nunca. A Emilio no le quedó más remedio que tomar sus cosas, chamarra y mochila, pagar la cuenta e irse sin despedir.

Para fortuna de Emilio, en el trabajo decidieron enviarlo a Houston durante el fin de semana para capacitarlo en un nuevo sistema de ventas. Pensó que conocer un nuevo lugar le caería bien para sacar de su mente a Valentina. Detestaba discutir, no sólo con Valentina. Evitaba cualquier tipo de confrontación verbal, ya ni siquiera mencionar la física.

Triste y enojado, pero mucho más desconcertado, preparó su maleta. Estaría dos días fuera del país. No se esmeró en su vestimenta. Guardó unos zapatos cómodos, una sudadera y tomó camino al aeropuerto.

El viaje fue bien. No hubo contratiempos. Bebió dos vodkas acompañados de un sándwich frío. Le fue imposible conciliar el sueño. Leyó un poco y no le quitó los ojos de encima a la aeromoza. Aterrizó. Cruzó aduana. Llegó al hotel; por la madrugada. Durmió. Al día siguiente, cuando salió de bañarse, le dijeron en recepción que tenía un mensaje. Los de la compañía cancelaron la capacitación por un problema mayúsculo. Emilio los detestó y les mentó la madre en español. La recepcionista no entendió ni una palabra, pero supuso que estaba enojado, porque al salir, azotó la puerta.

Así que ahí estaba Emilio. En un país diferente, con una lengua nada extraña para él y con una cultura que no le interesaba en lo más mínimo. Dos días enteros con él mismo, lejos de Valentina y creyéndose listo para conocer la ciudad. Revisó los mapas de Houston. Ubicó sitios de interés. Llegó a ellos y caminó y caminó. Sumido en sus pensamientos, pasaba desapercibido ante enormes edificios, el orden de las calles y la limpieza de la gente. Inmutado, buscaba un lugar para beber. Rogaba por un trago como exigen los bebés la teta de su madre a mitad de la noche.

Encontró un bar; entró. Pidió una cerveza. Antes de empezar a beberla, contempló lo hermoso del lugar que era nada en comparación de la cantinera, quien le explicó que el sitio era un whisky bar con años de tradición. A partir de ese momento, dejó la cerveza y únicamente bebió whisky. Siguió bebiendo y un par de negros, clientes del lugar, comenzaron a discutir hasta llegar a los golpes. Al ver esto, Emilio recordó su única pelea en la preparatoria, fue confundido con un tipo que le quería bajar la chava a la estrella del equipo de futbol, dos años mayor que él. En aquella ocasión, Emilio sólo conectó un golpe, desatando más la ira de su rival. La estrella de futbol le rompió la nariz y tuvo que llegar una maestra a separarlos. En realidad, le salvó la vida a Emilio. La bartender notó lo impresionado que estaba Emilio al momento que los negros fueron obligados a salir del lugar por un grupo de meseros y le preguntó si en México no pasaban cosas así. A partir de ese momento, Emilio la escuchó con atención mientras admiraba el tatuaje de su brazo y la perfecta combinación que formaba el rojo carmesí de su lápiz labial con su rubia cabellera.

Comenzaron a platicar. Entendía perfectamente sus palabras. Emilio la hacía reír porque resplandecía más su belleza. Pasmado ante ella, se fue quedando sin dinero y las sonrisas de la camarera fueron disminuyendo. Ante el inevitable fin de los billetes, comenzó a sentirse incómodo en el mundo. Pidió una pluma y hoja. Pensó en Valentina. Escribió:

“Qué te puedo decir sino que añoro tus llamadas a deshora, tu vida desastrosa. Quisiera terminar todas las tonterías que dejamos pendientes por cosas importantes. Si supieras cuántas cosas sin importancia me importarían contarte aquí y ahora. Pero no. Hoy me siento con tu ausencia. Lejano estoy de ti y la barman se niega a volver a sonreírme, peor aún, no quiere servirme más.”

Dobló la hoja. Regresó la pluma. Volvió a su hotel. Compró cerveza, mala, ya sólo le alcanzaba para ésa. Le bebió en su cuarto. Entregaría la hoja a Valentina al volver a México.

Valentina estuvo ansiosa desde el día que Emilio se iba de viaje. Uno de sus mejores amigos regresaba a México. Tenían dos años sin verse. Nunca perdieron la comunicación y se gustaban mutuamente. Él llegaba un día antes de que Emilio partiera. No era su intención ocultarle la llegada de Frank, pero se atravesó su pelea y no volverían a hablar en, por lo menos, un fin de semana.

Valentina era bella. Lo sabía bien. Quizá, en ocasiones, pecaba de inocente, pero le gustaba tener el control. Conocía los alcances de su mirada junto a su sonrisa lanzada en el momento y dirección indicados. ¿Por qué lo hacía?

Frank llegó. Ella lo recibió en el aeropuerto. Lo primero que hicieron fue darse un largo abrazo. Al soltarse, se miraron fijamente por unos segundos y rieron nerviosamente. Ambos sospechaban que era cuestión de tiempo para que sucediera lo inevitable.

Visitaron lugares que Valentina jamás permitiría que Emilio la llevara, pero hizo que Frank conociera sitios frecuentados al lado de Emilio. Descubría belleza por las calles recorridas cientos de ocasiones. Volvió a despertar la emoción perdida hace meses con Emilio. No pensaba en él. Quería darle cada uno de sus pensamientos a Frank. Compartir intensamente a su lado con el pretexto de que estarían juntos poco tiempo.

Frank era suizo y venía de Alemania. Le iba bastante bien y Valentina lo comprobaba cada que pagaba una cuenta. De hecho, él pagó todo. La primera noche, tras cenar y beber un par de rones, Frank le confesó su amor y ella se sonrojó. Lo escuchó atenta. En verdad le gustaba. Le parecía tan interesante. La tomó de la mano, se acercaron y besaron. Terminaron la noche en el cuarto de hotel de Frank. Se desnudaron. Él la penetró. Mientras lo hacía, le decía que nunca dejó de pensar en ella. Frank sentía que terminaba. Pidió que se casara con él. Se lo gritaba. Ella se aferró con las uñas a su espalda. Aulló que sí mientras sentía correr la venida extranjera de Frank dentro de su cuerpo.

Los días restantes hablaban de su futuro, juntos. Acordaron que Frank regresaría a México en dos meses junto con su madre para pedir la mano de Valentina. Hacían el amor por las mañanas y noches. Ella no llegaba a su casa esos días. Él le compró ropa para que vistiera diferente cada día. La dejó elegir a su gusto. La única petición que le hacía era que usara tangas, entre más pequeñas mejor. Valentina lo complació gustosa y dejaba que la tocara cuando iban en la calle, taxi, cantina o museo.

Llegó el domingo. El vuelo de Frank salía por la noche y el de Emilio llegaba por la madrugada. Valentina no estaba enterada del viaje de éste.

En el aeropuerto, Frank y Valentina esperaron hasta el último momento. Cuando fue inevitable que el suizo subiera al avión, se abrazaron. Ella entrecruzó sus dedos por la nunca de él y, después de besarse, lloró amargamente. Lo veía caminar en dirección a la sala de espera. Valentina sabía que ya nada sería igual. Pudiera ser que quisiera a Emilio, no estaba segura, pero no le interesaba volver con él.

Al aterrizar en México, lo primero que hizo Emilio fue mandarle un mensaje a Valentina pidiéndole que lo dejara verla al siguiente día para hablar. Ella se limitó a responder “sí”. Se preguntó por qué lo hizo cuando apagó el celular antes de dormir.

El lunes, ella lo encontró monótono. Extrañaba a Frank. Quería tener dentro de ella, por siempre, su recuerdo. Deseaba que la hubiera embarazado. Emilio, emocionado, repasaba en su mente todo lo que le diría a su novia. Había sido una discusión menor. Las cosas se solucionarían rápido. Cumplieron con su horario de trabajo. Se encontraron en el lugar acordado.

Emilio habló. Se esforzaba. No encontraba respuesta al acertijo cifrado en los ojos de Valentina. Ella lo escuchaba mientras pensaba en Frank. Era tan aburrido estar ahí. El café que pidió tenía tan mal sabor, a pesar de ser su favorito, que decidió no beber más.

Él le contó lo de su viaje, sin mucho entusiasmo. Ella ocultó lo de Frank diciendo que tuvo un fin de semana horrible. La esperanza renació en Emilio tras escuchar aquellas palabras. Le dijo que la amaba y le rogó no volver a pelear. Le entregó la hoja. Valentina la guardó en su bolso sin siquiera abrirla. Dijo que tenía que irse. Estaba harta de estar frente a Emilio, escuchar su molesta voz, ver su asqueroso ser. Se sintió más sucia ella por dejarse besar tantas veces por aquel bueno para nada. Tuvo templanza para no decirle algo. No por temor a herirlo, sino por alargar más el tiempo juntos. Se levantó. Vio a Emilio. Se fue.

Camino a casa, tiró la hoja sin siquiera leerla. No había más Emilio en su vida. No lo volvería a ver. Emilio la observó mientras se marchaba. Estaba tranquilo. Sabía que al leer la hoja, Valentina lo volvería a buscar. Era cuestión de tiempo. Tomó su chamarra y mochila, pagó la cuenta. Abandonó el lugar.

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Luis Aguilar

Citadino desde hace 26 años, Luis odia la rutina del trabajo a la cual está amarrado. Sobrevive gracias al cine. Frecuente visitante del alcohol.

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