Testigo entre sombras (1/2)

Por Héctor Herrera

Hasta esa noche jamás había creído en fantasmas. La casa estaba sola, yo trabajaba tarde en la computadora de espaldas a la escalera, cuando de pronto escuché pasos, volteé pero nadie estaba ahí, pensé entonces que el cansancio me había hecho imaginar cosas.

No habían pasado ni diez minutos cuando bajé para rellenar mi taza con café, entonces la puerta de la cocina se cerró con una fuerza que parecía externa, como si alguien la hubiera empujado tras de mí. La abrí lentamente con el miedo que provoca el sentir que no se está solo. Miré, me pareció ver una mano que se escondía tras el refrigerador pero al encender el interruptor no pude ver nada inusual. Tomé un sorbo, caminé a la salida y, justo al pasar por el marco de la puerta, la vi, de frente. Me miraba, no podía moverme, estaba paralizado del miedo y, entonces, desapareció. La campana del reloj marcó las tres de la madrugada, corrí a mi cama, cerré los ojos con fuerza e intenté olvidarlo todo.

Desde los sucesos de aquel día siempre me despierto a la misma hora y no vuelvo a conciliar el sueño. Al sonar las tres de la mañana mis ojos se abren, exactamente a la misma hora en la que me hablaron para decirme que la habían hallado muerta. Lo recuerdo bien, era una noche helada, casi tanto como la voz del detective tras el auricular, «la encontramos sin vida» me dijo, con la misma frialdad con la que se despide un marido infiel de su esposa.

Son palabras que uno no quisiera escuchar jamás. Subí al auto y conduje hasta el lugar descrito. El ruido de las sirenas era ensordecedor y mi corazón latía tan rápido que me creí morir aquella noche, junto a ella. Una parte de mí lo hizo.

La había amado con locura. Amaba su sonrisa, su silueta, perfecta compañía en las noches de insomnio; pero lo que más amaba de ella era su silencio. Nunca volveré a escuchar un silencio tan reconfortante como el que ella producía cada vez que su cuerpo abrigaba al mío en la cama.

Un oficial de policía me pidió identificara el cuerpo. No hacía falta, podía reconocer su aroma en el ambiente y su figura bajo la sabana. Era ella, no cabía duda.

Según me relató el detective, ella salió de trabajar en la madrugada, como era su costumbre. Dejó el edificio junto con un compañero, Arturo Gutiérrez, el último, antes de su atacante, desde luego, en verla con vida. Dijo que ella se despidió de él y caminó a la esquina de la calle donde, le había dicho, alguien la recogería. Él marchó en sentido contrario, vio a lo lejos cómo un coche se detuvo a su lado, creyó que era la persona esperada pues la miró saludar con un ademán de reconocimiento al conductor y abordar el vehículo con diligencia.

Dos horas después fue encontrada muerta, tirada en la calle. Tenía un golpe muy fuerte en la nuca que, me dicen, la mató al instante. Parecía que el crimen no había sido premeditado. El camino de regreso a casa fue aún peor que el de ida.

La otra noche, una vez que desperté a la hora acostumbrada, vi la silueta de una mujer pasar frente a mi cama, se detuvo en una esquina del cuarto, se quedó inmóvil, yo temblaba. Me incorporé de la cama, quise encender la lámpara sobre mi buró, no prendió, tomé entonces una linterna que guardaba en uno de los cajones, apunté en su dirección: nadie.

Han pasado cuatro días desde su entierro y ninguna noche en que no la vea. Quizá la más aterradora de ellas fue el jueves pasado, cuando me bañaba. Recién giré la llave y comenzaba a enjabonarme cuando pude ver a través de la puerta de la regadera a una mujer de pie que me veía sin despejar los ojos. Podía sentir el agua correr sobre mi cuerpo, permanecí inmóvil del asombro. Ella avanzó, azotó su mano sobre la puerta, levantó la mirada y me vio de frente. Habría transcurrido una fracción de segundo cuando el teléfono de la alcoba repiqueteó. Ya no estaba.

Al día siguiente llamé a un amigo en común, Raúl Fernández. Los tres éramos inseparables, nos conocíamos desde la universidad así que creí que si alguien entendería lo que me pasaba sería él. No lo había visto desde el funeral.

Pasé por su casa, me invitó a entrar, me ofreció un café. Le conté entonces todo lo que me había ocurrido en esos días. Él quedó pálido, parecía muy afectado por todo aquello. Hablamos durante una hora. La plática me sirvió de alivio, aunque no puedo decir lo mismo de Raúl. Conforme la charla avanzaba, una sobra había crecido en su interior.

Me despedí, agradecí sus atenciones, salí de su casa. Mi coche estaba en la acera de enfrente. Crucé la calle, saqué las llaves y justo antes de abrir la puerta alcé mi rostro, miré hacia arriba buscando el cielo, un cielo tranquilo sin luna. La vi entonces, mirándome. Era ella mirándome desde la ventana del ático de la casa de Raúl. Nuestras miradas se cruzaron unos segundos, cerró la cortina. Era ella, estoy seguro. Es como si intentará decirme algo…

“Desperté a la misma hora” / Ilustración © Miguel Ángel Estévez Nieves

***

Héctor Herrera (Ciudad de México, 1987) estudió Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional Autónoma de México. Amante del género policiaco y las novelas de misterio, actualmente se desempeña como conductor del programa radiofónico vía internet “El Aleph”, desde donde escudriña los tejemanejes de la política internacional.

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