Historia Natural

A. J. Liebling

–El pescado es un alimento cerebral –me dijo Fritz Strohschneider, camarero y amigo mío–, pero en las ciudades es más listillo. Es justo como con las personas, el pescado de la ciudad es más tramposo que el del campo.

»Ya no voy más a pescar –prosiguió sin que nadie le insistiera–, desde que hicieron estallar a Heinrich Heine.

»En los viejos días era tan agradable pescar salmones en los puentes. Salmones y anguilas. Solíamos sentarnos mi amigo Jack Poppberger y yo en el puente de la 96, con una caja de cervezas y nuestros clarinetes. Era la pesca más conveniente.

»Cada uno tenía cuatro o cinco sedales. Los sedales están atados a unos cables en los que en la punta hay una campana. Cuando un pez muerde, la campana timbra como un elevador. Lo jalas y está hecho.

»Así que un domingo estábamos en el puente con unos ocho sedales instalados. De pronto vino Heinrich Heine.

»Al parecer había graduaciones musicales entre los timbres, debido quizá al largo de los cables, y mientras afinaba mi clarinete, escuché la escala tocada estupendamente en las campanas. “Do, re mi, fa sol” y el resto de notas. “¡Por Dios, Jake!” le dije “¿Qué pez es éste?”.

»De regreso vino otra vez la escala –al ser un pez era su especialidad[1]– y después “ring, ring” estaba tratando de sacar “Annie Laurie”.

»Jake quería levantar el sedal, pero le dije “¿Qué? ¿Vas a asesinar a un músico?”.

»Echamos un vistazo para cerciorarnos de que no hubiera un bote con niños bajo el muelle, pero no había nada. El siguiente domingo fuimos al mismo lugar. Instalamos los sedales y pronto sonaba “Ich Weiss Nicht Was Soll Es Bedeuten”. Fue entonces cuando llamé al pez Heinrich Heine. Así que tocábamos nuestros clarinetes y Heinirch Haine nos acompañaba.

»Cada domingo le enseñábamos nuevas piezas, y en algunas ocasiones incluso nos ofrecía composiciones originales. Era tan agradable sentarse ahí con una caja de botellas vacías de cerveza y tocar “Love’s Old Sweet Song”.

Fritz suspiró. Golpeó distraídamente una mota de polvo imaginaria con su toalla.

–Jamás vi a Heinrich Heine –dijo–, no sé si era un salmón o una anguila. Pero de alguna forma yo ayudé a que lo mataran.

»Entre las piezas que le enseñamos estaba “Die Watcht Am Rhein”. No queríamos causar ningún daño. Eso fue antes de que América participara en la guerra. Escoceses, ingleses e irlandeses solían bajar al muelle. Los ponía locos escuchar al pez tocar tan bien el cuerno alemán.

»Pero cuando este país fue a la guerra un buque de batalla vino desde el río. Una mañana soleada de domingo, Heinrich Heine comenzó a tocar. “Ta-tum-ti-tum-ti-tum-Die Wacth Am Rhein”. El buque disparó un torpedo e hizo estallar a Heinrich Heine. Desde entonces ya no voy más a pescar.


[1] Aquí se pierde el chascarrillo pues scale en inglés es tanto “escala” como “escama”.

 

 

Permanecer sentado

Ring Lardner

Una mañana caminaba por la quinta avenida junto al parque, y me detuve con el resto del tráfico que iba hacia el sur en la setentaidós para permitir que el contingente que cruzaba la ciudad avanzara, aunque Dios sabe de qué servía eso pues se trataba de una calle de dos sentidos en la que había mucha gente tanto de un lado como del otro, pero durante la espera vi por casualidad un taxi en la acera que nunca había visto antes, así que lo abordé y la primera cosa que noté fue una fotografía autografiada de un hombre llamado Nathan Shwartz. El conductor debió escucharme azotar la perta, pues pronto se volvió, abrió la ventanilla corrediza que separaba su compartimiento del mío y me preguntó a dónde iba.

–¿A dónde se dirige usted? –le pregunté.

–A ningún lugar en particular. –dijo.

–Bueno –dije yo–, se me ocurre que podemos viajar juntos siempre y cuando nos dirijamos hacia la misma dirección. ¿Cómo fue que Mr. Shwartz le envió una de sus fotos? ¿Lo conoce?

–Soy uno de sus fans –dijo el conductor–. Lo que me gustaría ahora, sin embargo, es que me indicara a dónde quiere que lo lleve.

–Usted será una de las primeras personas a las que se lo diré tan pronto como yo mismo lo averigüe. Por lo pronto conduzca y, si escucho algo, me pondré en contacto con usted.

–Está bien –dijo el conductor–¸ y a lo mejor debería dar dos golpecitos a la ventana para que sepa yo que es usted. Esa será la señal. ¿Comprende?

–Dos golpecitos –respondí.

–Cacha usted rápido las cosas, pero la pregunta es si puede también recordarlas. Quizá le ayude conectarlas en su mente con algún hecho común, como cuántas piernas tiene un hombre o cuántas llantas posteriores hay en un auto.

–O cuántas veces he estado en el extranjero –me reí.

–Eso –dijo el conductor.

El policía hizo sonar su campana y emprendimos el camino. Estaba a punto de quedarme dormido cuando vi un periódico que los pasajeros habían dejado en el asiento. Lo cogí y leí un artículo acerca de Jackie Coogan. Estaba en Nueva York, y se hospedaba en el Riz (la Cuarentaiséis y Madison). Golpeé la ventana tres veces, pero el conductor no puso atención. Luego recordé “¿cuántas piernas tiene un hombre?”, y di dos golpes. El conductor abrió la ventana.

–¿Entonces? –dijo.

–Lléveme al Hotel Astor –ordené, preguntándome por qué no lo había pensado antes, si quería ver el Astor desde que me mudé a Nueva York.

–¿Eso está en la calle Lincoln. no es así? –dijo el conductor –O es ahí, o muy cerca. Lo sabré de todos modos; debe haber muchas señales.

Continuamos por la avenida hasta toparnos con la Cuarentaicinco.

–Podríamos ahorrarnos un tramo, si vamos por la Cuarentaitrés –dijo el conductor–, pero la Cuarentaicinco está peor a esta hora del día, así que se equilibra al final.

Estaba muy hambriento cuando llegamos al Astor, ya que había salido sin mi almuerzo.

–Hasta luego –dije al conductor.

–Hasta luego –respondió–, y no lo olvide… dos piernas para un hombre.

La puerta del auto fue abierta por un tipo alto que me habló, pero no podía complacerlo. Subí los escalones hacia el recibidor del hotel, que parecía estar bastante concurrido, tanto que no hubiera podido llegar hasta la recepción sino fuera por mi entrenamiento como mequetrefe en Yale.

–¿Tienen habitaciones? –le pregunté al recepcionista, pensando que naturalmente estaban completos, o si no ¿por qué habría tanto alboroto en el vestíbulo?

–Sí, señor. Sea tan amable de registrarse y lo instalaré –me contestó.

No me quedó de otra más que escribir mi nombre y dirección. Temía usar el único nombre distinto que se me ocurrió: Nathan Schwartz. El encargado podría ser también uno de sus fans y reconocerme como un impostor.

El recepcionista llamó a un botones y le entregó la llave; me preguntó dónde había dejado mi equipaje. Fingí sordera temporal y le pregunté por qué, si el hotel tenía cuartos disponibles, había tanta concurrencia en el vestíbulo.

–Oh, simplemente es nuestra lista de espera –dijo.

–¿Pero por qué ellos tienen que esperar y yo no?

–No están esperando habitaciones. Esperan un asiento –dijo.

Esa declaración me interesó tanto que pasé las horas siguientes investigando, y aprendí los siguientes hechos, que pueden o no reducir la dificultad del caso.

El recibidor tiene cuatro pilares o columnas, que fueron colocadas originalmente para evitar que el techo rebotara arriba y abajo hacia el piso (cuatro hombres para un cuarteto masculino). Hay tres sillas en cada pilar o doce sillas en total (doce jinetes en el patio trasero de Notre Dame). Los ocupantes de estas sillas han permanecido en ellas por períodos que van de los ocho a los sesentaiséis años. El hombre que ha estado en su silla el menor tiempo (ocho años) es un Mr. J. N. Purdy, pero los otros se refieren a él como “El Colega Junior” o “El Niño”. Él pagó ciento veinticinco mil dólares por su asiento, un precio récord en el momento. Lo compró a Mr. Louis Bolton, quien, después de una ocupación de apenas cuatro años y dos meses, cedió a una larga ambición de incursionar en la compra por escaparate.

El colono más viejo es el hombre que se sienta en el lado del pilar junto a la recepción, más próximo a la entrada de la floristería. Nadie conoce su verdadero nombre, pero lo llaman “General Grant” porque tomó asiento en 1864 y anunció que se sentaría en esa silla así tomara todo el siglo.

En el mismo pilar se encuentra Mr. Lyman Bates, que solía ser un fumador empedernido. Tuvo que dejarlo catorce años atrás cuando se quedó sin cigarrillos y dinero, y los botones se rehusaron a extenderle crédito. El otro habitante de esta columna es una mujer, Lucy Pond, quien llegó al hotel en 1887, esperando encontrar a un hombre de Harvard para tomar el almuerzo con él. Se cansó de permanecer de pie por tres meses y, como no había vacantes en ese momento, se sentó en el regazo de Mr. Bates. En 1893, se descubrió que Mr. Levings, que compartía el pilar con Bates y “General Grant”, había muerto hace ya tiempo. Bates hizo el descubrimiento y logró arrojar a Levings de su silla. Entonces la señorita Pond ocupó el asiento, para el gran alivio de Bates que tenía el pie entumecido.

La única otra ocupante usurpadora es Margaret Vesey. Ella tiene un asiento en el pilar opuesto al revistero. Dicen que era una chica bastante atractiva cuando se sentó en 1900, y que Barney Diehl, quien tenía un asiento en esa columna, mostraba una inclinación por coquetear con ella. Diehl no era rechazado, pero insistía en mirarla mientras le hablaba y tuvo que abandonar debido a una rigidez de cuello.

En los albores del allanamiento en el Astor, fue necesario poner en circulación una regla que prohibiera a los parados intentar expulsar a los colonos por vía física. La escalera no estaba en condiciones de soportar una batalla, y todo el asunto era muy injusto. Pero no había ley contra el uso de la estrategia, así que muchos trucos fueron empleados con éxito, antes de que fueran ya conocidos. Por ejemplo, uno de los parados sobornaría a un botones para que gritara “Mr. Gordon es requerido en el teléfono por Lily Langtry”. Gordon, incapaz de resistir la tentación, saltaría de su silla y el embaucador se escurriría hacia ella. Otro ardid efectivo era iniciar un grito de “¡Fuego!”. La gente del hotel puso un pronto alto a dichas tretas.

Ahora se entiende por qué cuando un usurpador ha ocupado una de las sillas por veinticinco años, ésta se vuelve su casa y gana el privilegio de ponerse de pie y andar sin comprometer sus derechos. Le es otorgado el privilegio de moverse, pero no puede. Porque no puede.

Uno de los botones me informó sobre un apunte recientemente hecho por Mr. Bates. Él escuchó a un parado hablando del Profesor Goozlequirt, un campeón en sentado en asta que apenas había bajado de un astil en el jardín de Madison Square después de permanecer en él por dieciocho días y cinco horas.

–¿Qué hace a esos daneses tan incansables? –dijo Mr. Bates.

 

Textos originales en: E. B. and Katherine White, A Subtreasury of American Humor, Coward-McCan inc, Nueva York, 1941. pp. 444-445 y 486-489.

Traducción de Charuan Aguilera.

Imagen: Detalle de “Estudio de un pintor” de Raimundo de Madrazo.

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Charuan Aguilera Bezrokov (Ciudad de México, 1994), estudiante, cada vez más cercano a los artículos 22 y 24, de letras hispánicas.