Trampa para ratón

"Bodegón: mesa con vajilla, queso, salchichón, pescados", Alexander Adriaenssen

"Bodegón: mesa con vajilla, queso, salchichón, pescados", Alexander Adriaenssen

FRANCISCO HERNÁNDEZ |

Sigiloso, aun sin consciencia de sus actos, caminando despreocupado y maravillado por lo que sus jóvenes e inmaduros ojos alcanzan a ver, los colores son un regalo excepcional.

Con su pequeña nariz mojada puede percibir en los alrededores azucenas, nuez, pan seco con su clásico e inconfundible toque de rancio; también lo embriagan otros olores más refinados, como el queso añejo que ha caído por las rendijas de la puerta contigua. Sus bigotes se mueven como si con ellos hiciera una reverencia a todos los aromas que acaba de experimentar. Todo cuanto ha encontrado en este pequeño viaje lo ha maravillado y dejado atónito.

Ahora —sin saberlo— es presa de su éxtasis. Cada uno de sus músculos sólo obedece al instinto y la curiosidad; se ha dejado llevar por lo que sus ojos ciegos apenas pueden distinguir. Avanzando con confianza y, sin pensar en el futuro, camina pegado al corroído zoclo de una pared maltrecha y adornada con algunas obras rupestres de un pequeño preescolar.

Sin pensar en lo que le depara el futuro avanza sin miedo, guiado por ese aroma irreconocible. Avanza sin temor, sin preocupación, sin nada más que ocupe su pequeña y retorcida mente. Tan abstraído del mundo, ha tropezado con la pata de una silla carcomida por las invisibles termitas que siempre habitan en los muebles viejos. Al tropezar ha recapitulado en su búsqueda y ha sonreído para sí mismo, embriagado de su propia felicidad.

Pero no es en esto en donde reside su infinita felicidad. Su extravagancia reside en algo aún más simple: la inexistencia del prejuicio. Al no tener conciencia moral de lo bueno y malo todo resulta ser un plano neutral en donde todo es natural, dejándose llevar por lo que inevitablemente debe suceder. Avanzando entre cada uno de sus actos sin pensar en las consecuencias del mañana. Pues afortunadamente no es consciente de la complicada existencia del tiempo.

Avanza cada vez más rápido pegado a los gélidos muros de la casona donde habita. Ha pasado de habitación en habitación sin que nadie se haya percatado de su intromisión. Se ha parado de un sólo golpe al llegar a ese pequeño lugar con aquella luz segadora y su júbilo es aún mayor al sentir ese aroma: con cada paso su intensidad es mucho mayor.

Una pequeña corriente eléctrica recorre su cuerpo y hace que se erice desde las orejas hasta la punta de la cola. Él se paraliza por un instante —parece eterno— que apenas dura lo que un suspiro. Su alma trata de decirle algo.

El aviso fue demasiado tarde pues ha avanzado apenas dos pasos más que lo han dejado en un extraño piso que lo hace despertar de su tremenda excitación. Al despertar trata de dar un brinco para escapar. Es inútil. Sólo se ha encadenado de peor forma. En unos segundos toda aquella alegría y júbilo que desbordaba su interior ante la curiosidad y el deseo de un sueño se convirtió en desesperación y temor; la taquicardia se apoderó de sus latidos. Sus pequeños pulmones parecían desfallecer ante la falta de oxigeno.

Trata de moverse violentamente para liberarse de su inesperada prisión. Su cabeza, que yace en la desesperación, recorre cada una de las ideas de escapatoria. De las más descabelladas y siniestras a las de la autodestrucción. Al paso de pocos minutos, sus movimientos son cada vez mas arrebatados y sus pequeños músculos, inflamados por la adrenalina, tratan de liberarse de su encantadora trampa.

El tiempo no ha dejado de avanzar desde que nuestro amigo despertó de su sueño a la pesadilla que ahora vive; cada segundo ha parecido una eternidad. La desesperación se ha ido y la angustia ha tomado su lugar como una sombra aterradora que nubla cada uno de sus pensamientos.

Con el paso del día su energía ha sido consumida por el cansancio. La luz del lugar ha cambiado de tono. De un blanco imperceptible a un amarillo radiante; pero ahora la luz se ha ido. Ahora la habitación es oscura y, junto con la noche, los pequeños ojos cansados reclaman un cese a las hostilidades. Se rehúsa a descansar; sabe que puede no volver a ver la luz. Pero es la oscuridad quien se encarga de todo, engañando sus primitivos sentidos, pues lo ha hecho sucumbir ante el inminente sopor del sueño de ser libre.

Algunos sonidos acompañados de cálidos rayos de sol despiertan al pequeño preso. Al abrir los ojos no puede hacer más que suspirar dándose cuenta que su estado es aún peor que el día anterior. Ahora, incapaz de mover su cabeza y con apenas un poco de espacio para poder respirar, intenta con más ganas que nunca seguir vivo.

Trata de moverse buscando la salida de su prisión. Sus extremidades ya agotadas y magulladas hacen esfuerzos inútiles para liberarse. Toda la fuerza que ha demostrado sólo ha terminado por fracturar sus débiles huesos y desgarrar sus tiernos músculos. El dolor es insoportable, pero por alguna razón no tiene permitido —o no puede— llorar.

Sus ojos tristes se abren y cierran ya sin esperanza. Cada una de las opciones que había pensado y puesto en marcha se ha agotado. Él lo sabe, es consciente. Sólo queda esperar que sus latidos se vayan calmando y todo se haga oscuridad.

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