Un affaire para el fin del mundo

Autor: Bruce Davidson / California, 1965

Autor: Bruce Davidson / California, 1965

ROBERTO WONG |

 

La vida es corta, ten un affaire. Algo así decía la publicidad. La leí y pensé que tenía razón. La vida es corta, sí, considerablemente más corta cuando tienes cincuenta y cinco. En mi caso, además, me parecía que me había pasado los últimos años despertándome día tras día para tomar café, leer el periódico, bañarme, trabajar y pelear con mi esposa. A veces ni siquiera me bañaba. Estaba aburrido. Más que aburrido. Por eso entré a ese sitio de clasificados, para tener una aventura.

No se lo dije a Patricia, mi mujer, por obvias razones. ¿Cómo le iba a decir algo así? Además, con lo mal que se había puesto con todas esas patrañas de la televisión, peor. No lo hubiera entendido. Las mujeres rara vez entienden las cosas que uno tampoco entiende. El chiste de la vida es vivirla, ¿no?

No fue fácil. No señor, no lo fue. Pagué una membresía que nunca funcionó y cuando quise borrar mi perfil me cobraron de nuevo. Me desilusioné, debo admitirlo. Cuando se está con un pie en la vejez, una aventura no es una cosa fácil, no sucede así como así, menos cuando lo que uno quiere es agarrar algo que valga la pena. Vanessa, por ejemplo. La conocí en el supermercado. Yo había ido a comprar cosas para una cena que había organizado mi mujer y ella se encontraba detrás de mí en la fila, tratando de decidirse entre dos botellas de vino. Hermosa. Ojos verdes, pelo rubio. Falso, pero rubio. ¿Cuál es el plato principal?, le pregunté. Pato con ciruela. Escoja entonces el Malbec. Me preguntó sobre uno de los productos que llevaba en la canasta y terminamos bromeando sobre lo terrible que eran las cenas con amigos. Luis Alberto Catalán-Mallorquín, mucho gusto. Fue ahí cuando me dijo su nombre. Pagué e hice tiempo en el estacionamiento. Nunca sé cómo pagar en estas máquinas, le dije cuando la vi de nuevo. Entonces le pedí su teléfono. Vanessa sonrió. Estoy casada, respondió.

Esa noche me fui a un table y pagué una prostituta. Salimos de ahí y fuimos a un motel. Mientras ella entró al baño, yo saqué una pastilla de mi saco y me la tomé, esperando que hiciera efecto a tiempo. Ella salió, todavía vestida, con su celular en las manos. Recibí una alerta, dijo, prende la televisión. Protesté, pero insistió. Vimos las imágenes y escuchamos el reporte. Se dirigían hacia acá. Mi esposa estaba viendo lo mismo porque me llamó por teléfono. No va a pasar nada, repetí para ambas, pero no convencí a nadie. La prostituta estaba llorando, histérica, y del otro lado de la línea mi esposa me pedía que rezáramos. Una desgracia. Salimos del motel y dejé a Paulina (así se llamaba) en un sitio de taxis. Era tarde y comenzaba a llover. Manejé por calles desiertas hasta regresar a casa. Encontré a Patricia pegada a la televisión. ¿Qué va a pasar?, me preguntó. No supe qué contestar. Ven, arrodíllate junto a mí. Me puse detrás de ella y le levanté el camisón, pero me regañó. Luis Alberto, ¿cómo puedes pensar en algo así en estos momentos? Comenzó a rezar y yo me quité la ropa y me quedé dormido, con mi erección al lado de su cara.

Los días siguientes fueron de mucha tensión. En la oficina era de lo único que se hablaba. De los preparativos. De lo que sucedería cuando llegaran. En casa, con mi mujer, las cosas iban como siempre. Nunca tuvimos hijos. Con el paso de los años, nuestra relación se volvió cruel y aburrida, hasta que ella se convirtió en una religiosa obsesionada en darme con la biblia en la cabeza. Su vida pululaba entre actividades como el miércoles de oración o el doble culto de los domingos, mientras yo hacía cualquier cosa. Me iba al cine o a un partido de futbol. Al table o a jugar billar con amigos. Pero todo esto se fue reduciendo. Mis amigos dejaron de salir, sus esposas dejaron de recibirme en sus casas. La histeria colectiva no ayudaba. Los expertos decían en los medios que el contacto sucedería en un par de semanas. Y yo, sin nunca haber tenido una aventura.

Bajé mis expectativas y busqué a Clara, una secretaria de la oficina que se había divorciado recientemente. La invité a cenar, después a bailar y todo funcionó muy bien. Al despedirnos nos besamos y quedamos de volver a vernos la semana siguiente. Regresé emocionado. Encendí el radio, contento, y sintonicé una estación donde usualmente transmiten música romántica, pero no había tal, tan sólo un religioso hablando sobre el Apocalipsis. Apagué la transmisión y me quedé en silencio, parado en un semáforo.

No encontré a mi esposa en casa. Tal vez había salido a la iglesia. Me metí en la cama y soñé con platillos voladores. Me desperté en la madrugada para ir al baño y me di cuenta que mi esposa no había llegado. A la mañana siguiente llamé a su familia para saber si sabían algo de ella. Nada. Esa noche reporté su desaparición a la policía. Tomaron la información y quedaron de comunicarse conmigo en el transcurso de la semana. Estaban como locos. Después me enteré por qué: en la televisión había reportes de cientos de personas desaparecidas en todo el mundo.

Me tranquilicé. Seguro Patricia se había ido a recibir al Dalai Lama del espacio al desierto con todos ellos. Al día siguiente busqué a Clara y fuimos a comer. ¿Cómo estás?, le pregunté, haciendo referencia a las noticias y el barullo en el que se encontraba media ciudad. Bien, contestó. Era como yo: tampoco quería preocuparse demasiado. Acordamos salir la noche siguiente. Evité ir a casa, algo ahí me hacía sentir lo doble de miserable. Fui a un centro comercial y compré ropa para la semana. Después alquilé una habitación en un hotel y me metí en la cama.

A la noche siguiente llevé a Clara a cenar en el norte de la ciudad. Cerca de ahí había un mirador en el que, de joven, había llevado a un par de novias a observar las estrellas. La cena fue fabulosa: una parrillada de cortes argentinos y un vin moelleux delicioso. Clara se veía contenta. El restaurante estaba casi vacío, salvo un par de meseros que atendían a una pareja de viejos sentada al otro lado del restaurante y a nosotros.

Pagamos la cuenta y subimos al coche. Manejé quince minutos hasta una colina cuya vista daba al valle. La ciudad parecía un enjambre de luciérnagas en medio de la noche. Bajamos del auto y abrí un vino que llevaba conmigo. Tomé la mano de Clara y la besé en los labios. Fue un beso tierno, tranquilo. Ella estrechó su cuerpo contra el mío y sentí una erección apuntando al centro de su cuerpo. Seguimos así un largo rato. Cuando abrimos los ojos la oscuridad era total. Se fue la luz, dijo Clara con espanto. Tranquila. Saqué mi celular pero se había quedado sin señal.

En el cielo las estrellas eran tan visibles como antes lo había sido la ciudad. ¿Qué crees que haya pasado?, me preguntó Clara. Seguramente una falla en la planta central de la ciudad. Intenté encender el coche, sin éxito. Demonios, grité. Nos sentamos en el cofre del auto con la vista en las estrellas. Es impresionante, dijo en un susurro. Tomé la botella y le di un largo trago. Así es, respondí. ¿Crees qué…? No, la interrumpí, dijeron que no sucedería hasta dentro de una semana. Nos quedamos en silencio. Quisiera estar con mi familia, dijo de pronto. Le dio un buen trago a la botella y comenzó a llorar. Yo seguía mirando el cielo. Un par de estrellas brillaban más que el resto. Pensé en mi esposa, en el lugar en el que se encontraría ahora. Clara me regresó la botella y la abracé. Tal vez debamos, dije, pero me contuve. Las luces en el cielo parecían acercarse hacia nosotros cada vez más rápido.

| RMM | RW | @robbwong |

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Roberto Wong (Tampico, Tamaulipas, 1982) 

Desde joven deseó ser muchas personas y ser de muchos lugares al mismo tiempo, porque ser sólo una le parecía muy poco.  A los dieciocho años se mudó a la Ciudad de México. Mantiene una bitácora de sus lecturas en http://el-anaquel.com. Actualmente vive en San Francisco, California.

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