Israel G. Castro|

 

Y en los bancos que escribimos
medio a oscuras, sin pensar,
todos los versos de “Heroes”
con las faltas de un chaval, aún están.

Love of Lesbian

I

A mediados de los noventa, apenas el siglo pasado, los que pretendíamos escapar del  mainstream musical que dominaba el entonces llamado DF, teníamos la difícil tarea de buscar alternativas acordes a nuestros deseos. Sin herramientas como internet y armados con las clases de inglés que recibíamos en las secundarías de gobierno, la misión se antojaba no imposible, pero sí muy complicada. Tomemos en cuenta que la cultura musical del grueso de la población se alimentaba de programas televisivos como Siempre en Domingo con Raúl Velasco y estaciones de radio como Estéreo 102, Digital 99 y Estéreo 97.7. Casi todo el sector “juvenil” femenino soñaba con Ricky Martin y Cristian Castro o con agrupaciones como Magneto y Ragazzi. Mis amigos y yo admirábamos el cuerpo de Gloria Trevi en sus calendarios (antes de que la encarcelaran) y veíamos películas de Van Damme, anhelando tener una moto como la de Lorenzo Lamas en su papel de Reno Raines.

II

Estaba por terminar la secundaria, tenía una novia que se llamaba Elisa y decía amarme, pero coqueteaba con un imbécil de segundo año; escuchaba una estación de radio que se llamaba “Órbita 105.7” mientras leía “La Mosca en la pared”, “Conecte” y “Nuestro Rock”. El cassette “Pablo Honey” de Radiohead y “Tu Cuca Madre Ataca de Nuevo” de Cuca me tenían muy emocionado. Con mis amigos de la secundaría jugaba Street Fighter II, Mortal Combat y Super Sidekicks 2 en las maquinitas, hasta que nos quedábamos sin dinero (que siempre era poco) y terminábamos el día callejeando por el sur de la ciudad. Mis vecinos Coque, Cano y Richis, eran más grandes que yo (estaban en la universidad, trabajaban) y me grababan en cassettes los discos que tenían; escuchaban rock y fueron ellos quienes me prestaron los primeros libros que me cautivaron: “Pedro Páramo” y “La Tumba”.

III

Salí de la secundaria y Elisa me dejó por el joven güerito y con el rostro lleno de acné. Reprobé el examen de admisión a la preparatoria y me convertí en un nini antes de que esta palabra existiera para definir a los adolescentes y no tan adolescentes que ni trabajan ni estudian. Todo estaba mal: no tenía novia, no tenía dinero, no entré a la escuela, no existía el CENEVAL. Fue entonces cuando Coque me grabó el disco Heroes de David Bowie en un caseette TDK A60, y el dichoso disco que él idolatraba a mí no me dijo nada, lo escuché tres veces, más por presunción que por gusto. La primera vez que escuché David Bowie me pasó sin pena ni gloria.

IV

En la prepa mis oídos se llenaron de música nueva, hice nuevos amigos, descubrí otros libros, padecí la huelga del 99 en la UNAM… crecí. Encontré la cinta de David Bowie el día que me mudé al oriente de la ciudad, estuve a punto de tirarla junto con otros cassettes que ya no escuchaba, pero por alguna razón, la cinta ocupó un lugar dentro de la caja que contenía mis pocos cd´s. Me gustaba la versión de The Man Who Sold the World” de Nirvana y el disco “Lust for Life” de Iggy Pop, disfrutaba la música de Brian Eno y no me cansaba de ver la película Trainspotting. Todo apuntaba a David Bowie, sin embargo, no me acercaba a su música.

VI

Pocos años después de mudarme, la mañana de un sábado cualquiera, descubrí una caja de zapatos al fondo del closet, la abrí y encontré mi viejo walkman, un discman y el cassette de David Bowie junto a pequeñas libretas con notas de una época que parecía lejana a pesar de su cercanía. Entonces cursaba el sexto semestre de licenciatura y trabajaba por las tardes. Algunos fines de semana me gustaba viajar solo y sin rumbo fijo, en una maleta ponía dos mudas de ropa y me dirigía a la terminal donde compraba un boleto al primer lugar que se me ocurría o antojaba. Aquel día lleve el walkman y el cassette: llegue al puerto de Veracruz pensando que “Heroes” de David Bowie era una obra maestra. Aún no sé si emprendía esos viajes para encontrarme o perderme, pero recuerdo la voz de Bowie en mis oídos mientras cruzaba el paisaje oaxaqueño o disfrutaba el calor de las playas del Golfo o el Pacifico, contemplé la catedral poblana escuchando “After All” y caminé por las calles de Mérida con “Sweet Thing” en los audífonos. La espera valió la pena, David Bowie me caló hasta el consuelo de saberme perdido y me acompañó a encontrar el rumbo.

VII

La mañana del once de enero revisaba Facebook, en el perfil de mi amiga Diana leí el post: “¡No mamen que murió David Bowie! No mamen no mamen no mamen, pinche tan culera noticia”. No lo podía creer y no tardé en corroborar sus palabras. Es cierto que hace mucho no lo escuchaba y que había regalado algunos de sus discos, pero eso no me hizo lamentar menos su muerte. David Bowie, el genio enemigo de los convencionalismos, refinado y ecléctico, tan irrepetible como un músico puede ser, había partido dejando el disco Blackstar como epílogo de una carrera fértil e inconmensurable para el escucha atento. Bajé su último trabajo de iTunes, me subí a la bicicleta y lo disfruté mientras pedaleaba por el bosque de Tlahuac.

VIII

Los héroes viven para siempre en la memoria de los que recuerdan sus gestas. Y David Bowie es un héroe, el hito histórico de una época donde hacer rock era una cuestión de actitud ante la vida. Recordé la vieja cinta que me llevó a escucharlo por primera vez y que estaba guardada al fondo del que fue mi clóset en casa de mi madre. Intenté escucharla pero el viejo walkman no respondió. No pude hacerlo.

IX

Ahora que la tecnología nos da la oportunidad de escuchar más música de la que podemos apreciar y la información corre a no sé cuántos megas, Bowie es un referente del que se sabe mucho y escuchan poco; sin embargo, la música (la de verdad) tiene la virtud de sobrevivir más allá del mito; crece al margen de los avances tecnológicos o el estado del mundo. Las obras musicales que sirven como soudtrack a la humanidad nunca perecerán y siempre estarán esperando ser descubiertas por nuevos escuchas.

X

He vuelto a guardar el viejo cassette en la caja, luego salí con mi hija a comprar helado mientras le explicaba qué mis cassettes, el walkman y el discman, no son juguetes. Y Entonces se me ocurrió escribir esto.

***

Israel G Castro: Lector proclive a escribir de vez en cuando, gusta del mezcal, el tabaco y la osadía que guarda el ocio.