Varia ausencia: Roberto Bolaño y el vacío

Roberto Bolaño cumple este lunes diez años de haber entregado el espíritu en un nosocomio barcelonés, luego de haber sufrido un terrible mal hepático que fue minando su salud desde antes que cumpliera las cuatro décadas de vida. MilMesetas recuerda el hecho con una serie de artículos dedicados a su impronta creativa. Así, en el presente texto, Héctor Hugo Merino Sánchez, joven estudioso del literato, comparte una reflexión al respecto de un Bolaño quizá demasiado consciente de su condición mortal. ¿Acaso este hecho definió la prosa de un autor trascendental para la lengua española?

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Ilustración por Rubén Guerra

 

HÉCTOR HUGO MERINO SÁNCHEZ |

I

A pesar de que tuvo oportunidad de constatar que su nombre ocupaba ya un sitio de primer orden en el mundo de la literatura, Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953 – Barcelona, 2003) quizá no imaginó las alturas que alcanzaría tras la edición póstuma, en 2005, de la obra a la que estuvo entregado los últimos años de su vida, 2666.

Si la crítica especializada ya ponderaba la multiplicidad de lecturas que ofrecía su primera gran novela, Los detectives salvajes (1998), con 2666 las fronteras del territorio Bolaño se extendieron a distancias que todavía hoy apenas vislumbramos. Este año se cumplen ocho de dicha publicación y diez de su muerte, demasiado prematura desde cualquier punto de vista (los 87 años de Borges y los casi 100 de Nicanor Parra, por mencionar dos autores admirados por Bolaño, nos hacen preguntarnos qué tanto nos perdimos con su fallecimiento a los 50), muy poco tiempo aún para hacer un juicio más o menos categórico (si es que esto es posible) respecto a los verdaderos alcances de la obra de Bolaño en su conjunto.

Lo que sí es seguro (y de ello dan fe los afanes de sus editores por rescatar textos a medio cocinar de los archivos del autor), es que el interés por su obra crece y se diversifica debido, en parte, al efecto que suele producir la muerte de un artista en la ponderación de su obra, pero sobre todo, me parece, a la fascinación que produce al ahondar en los abismos de la especie humana, a donde ya nos llevaron autores como Conrad o Melville, Sabato u Onetti.

II

En 1992 Roberto Bolaño es diagnosticado con un mal hepático que, 11 años más tarde, acabaría con su vida. Como respondiendo a una especie de llamado, en esa última década dejó en segundo plano el oficio de poeta y se volcó en la narrativa. Salvo dos novelas (Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce y La senda de los elefantes, ambas de 1984), el resto de su obra en prosa pertenece a este periodo final.

No es mi intención indagar si existe un vínculo o no (aunque se antoja difícil que no lo haya en absoluto), o de qué manera influyó la conciencia de su enfermedad (muy semejante a esas sentencias en que el recluso puede pasar años esperando el día marcado para su ejecución) en su proceso creativo; sin embargo, me resulta inevitable hacer conjeturas, imaginar a Bolaño enfrentado a la página en blanco como una prefiguración de la muerte anunciada. No me parece arriesgado afirmar que todo escritor (por limitarme al grupo en el cual podríamos inscribir a Bolaño) es consciente de su propia finitud, y que en muchos casos, una de las múltiples motivaciones que pueden tener para empeñarse en la escritura es, precisamente, la de trascender a esa muerte imprecisa pero inevitable. Sin embargo, ¿de qué manera escribe un autor que, como Bolaño, recibe un diagnóstico fatal? Como un endemoniado, por lo visto.

Si algún efecto tuvo el anuncio de su enfermedad sobre su capacidad creativa, en todo caso fue el de potenciarla. Cuatro libros de cuentos y diez novelas, entre las que se cuentan Los detectives salvajes y la abrumadora 2666, dan testimonio de una carrera contra el tiempo, al menos en lo que toca al volumen de producción, pues en cuanto a la calidad de su escritura, no acusa en parte alguna los descuidos que suele acarrear el apresuramiento.

Para Bolaño, como para Borges, la muerte representaba el fin del cuerpo pero también del alma; no había, pues, un más allá, sólo la nada, como lo deja traslucir en alguna entrevista. Entonces vuelvo a imaginarlo, empeñado en saturar páginas antes del día fatal, transformando la energía del gigantesco vacío que lo arrastra hacia su centro en la materia de su obra, como si la famosa fórmula de Einstein extendiera sus dominios a la creación literaria. Pero esto no es más que una figuración, en la que veo a Bolaño siendo atraído hacia un enorme hoyo negro, mientras en una suerte de prestidigitación convierte ese impulso en palabras. No obstante, dejando un poco de lado las elucubraciones de índole personal, es posible encontrar en la narrativa de Bolaño variaciones de este mismo tema: el vacío como punto de partida o motivación de la dinámica de ciertos personajes e, incluso, como trasfondo de la totalidad de ciertas novelas. Este último es el caso de sus dos obras mayores, Los detectives salvajes y 2666, así como de Estrella distante (1996) y Una novelita lumpen (2002).

III

En el centro de las dos primeras novelas antes citadas existe un enorme vacío, el de dos escritores a quienes nadie ha visto en muchos años y cuyo rastro se pierde, “curiosamente” en ambos casos, en el estado de Sonora.

En la primera de las tres partes que componen Los detectives salvajes, Arturo Belano y Ulises Lima, poetas líderes de un resucitado movimiento vanguardista mexicano, el real visceralismo, emprenden la búsqueda de Cesárea Tinajero, poetisa que en los años veinte encabezó la primera embestida de dicha avanzada literaria. Tinajero desapareció años atrás, y la única certeza de sus seguidores es que partió rumbo al norte del país, hacia donde ahora se dirigen.

De forma similar, en la primera de las cinco partes de 2666 se nos presenta un grupo de cuatro académicos europeos, especialistas en la obra del autor alemán Benno von Archimboldi y amigos gracias, en gran medida, a la afición que comparten. La única prueba de la existencia de Archimboldi, además del vago testimonio de su editora, es la continua aparición de nuevas novelas que son recibidas como una bendición por sus cada vez más numerosos seguidores. No obstante las innegables virtudes literarias de su obra (que lo colocan un año sí y otro también en la lista de candidatos al Nobel), los críticos devotos gastan casi tantas energías en las pesquisas para desvelar el paradero de Archimboldi como en el análisis de sus novelas. En uno de los múltiples congresos literarios a los que asisten los cuatro archimboldistas, conocen a un joven becario mexicano quien, como de pasada, les comenta que un compatriota suyo se encontró con el escritor en una peculiar noche en el Distrito Federal, para luego verlo partir en un vuelo con destino a Sonora. Los tres críticos más jóvenes (una inglesa, un francés y un español), deciden ir a buscarlo sin mayor dilación.

Aunque en ambas novelas la ausencia de los autores objeto de admiración de los poetas, en un caso, y de los críticos, en el otro, es el disparador de un desplazamiento espacial, éste no es, por supuesto, el movimiento más importante que provoca en los personajes que nos ocupan.

Al cierre de la primera parte de Los detectives se nos muestra, apenas, el inicio de la búsqueda de Cesárea Tinajero. Contra lo que cabría esperar, la segunda parte no continúa con el desarrollo de esta historia; o sí. A través de una serie de testimonios de amigos, amantes, condiscípulos, familiares, etcétera, ante nuestros ojos se va armando la figura de Arturo Belano y Ulises Lima. Como si los cazadores a su vez fueran cazados; como si su partida hacia el norte en busca de Tinajero hubiera provocado un nuevo vacío, orillando a alguien más (¿a nosotros?) a buscarlos a ellos.

En 2666, la imposibilidad de encontrar a Archimboldi, pese al viaje que hacen los críticos hasta la ciudad de Santa Teresa, Sonora, hará las veces de catalizador para reconfigurar las relaciones establecidas entre los cuatro amigos, así como su propia condición individual. Si su obsesión por el inasible autor propició un cierto estado de cosas en la relación entre los cuatro críticos, la confirmación de que las posibilidades de encontrarlo son nulas desencadena acontecimientos que habrán de desembocar en una situación del todo distinta.

En una y otra novela, la ausencia de los patriarcas literarios (Tinajero y Archimboldi) genera un sentimiento de orfandad no necesariamente negativo, pues lejos de paralizar, acicatea a poetas y críticos, les imprime un momentum que ellos se encargarán, a la larga, de dirigir en tal o cual dirección.

De forma constante, los personajes de Bolaño se desplazan como si bajo sus pies se abrieran distintos abismos y esto los obligara a romper sus inercias. En la segunda parte de 2666, el vacío repentino es el que deja la esposa de Óscar Amalfitano al abandonarlos a él y a su hija de apenas dos años para ir en busca de un poeta, del que se dice enamorada, encerrado en un manicomio en San Sebastián. Esta ausencia es la que acabará por orillar a Amalfitano a dejar España para residir en Santa Teresa. Y en la tercera parte de esa misma novela, no es el abandono sino la muerte de un colega y la de su propia madre lo que llevará a Fate, un periodista afroamericano, a trasladarse a esa misma ciudad del norte de México.

Santa Teresa. Sonora. Todas las ausencias, todas las pérdidas, acaban por llevar a los personajes a esta región, como si una nada de grado superior los atrajera; como si ahí, en ese desierto, se encontrara la madre de todos los vacíos. En 2666 la ciudad misma es un abismo que engulle a sus mujeres, generando nuevas ausencias, cada vez más vastas en su acumulación y que van dando lugar a nuevas y múltiples sinergias.

IV

Los vacíos dejados por las ausencias y la muerte en la obra de Bolaño no aniquilan; al contrario, se convierten en motor del mundo. Sus vacíos son una oquedad en un gran muro; son una puerta abierta, la posibilidad de seguir avanzando más allá de una frontera. No son un abismo que repele, sino una ventana que atrae. Son un camino hacia otra parte. ¿A dónde? Ya se verá más adelante; por ahora lo único que importa es que Arturo y Ulises, los críticos y Amalfitano, la misma Cesárea y Archimboldi, sigan avanzando.

| MM | HHMS |

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