Alejandro Rojas |

¿Quién sabe lo que pasa en el camino de una gran hazaña?
Stendhal

  1. Te conocí hace varios años en la Ibero. Eras maestro de cuento y después de una de tus clases te pregunté entre pena y temor, algo más o menos así: ¿Disculpe quisiera saber si habría chance de hacer un video sobre su vida para cumplir con una tarea que me han pedido en una de mis clases?  Me contestaste a quemarropa:

 

a)    Por ningún motivo me vuelvas a hablar de usted

b)    Con mucho gusto hacemos el video

c)     ¿Cuál es el ron que más te gusta?


  1. Llegué a tu casa un domingo por la mañana con mi chava. Coral nos recibió con las puertas y los brazos abiertos. Estaba contenta. Estaba embarazada. No tardaría en nacer en pocos días tu hija Erika. Me dijiste que solo me ibas a dar refresco porque tenía que usar muy bien la cámara.

 

  1. La primera vez que fui a Guadalajara me pediste dos cosas: Vas a la casa de cultura y buscas el salón que lleva el nombre de mi padre y checas si están completas sus letras. Te llamé para decirte que no estaban completas. Faltaba la o de Higinio y la u de Ruvalcaba. La segunda, que no dejara de conocer por ningún motivo un bar que no recuerdo ahora su nombre. Te pregunté si había mujeres jalicienses hermosas. Me respondiste que por montones. Cuando entré al bar estaba repleto de gays.

 

  1. Hay una escena donde vas manejando el primer coche que tuve. Reflexionas y hablas:Los escritores pueden contemplar la atrocidad humana, la vaciedad y porquería que somos los hombres que nos creemos tan chingones. Nada de eso puede equipararse con publicar un libro ni ganar un premio. Muy común en aquellos que se la creen a la primera de vueltas. Por eso el escritor bebe, para poder sostenerse ante toda la mierda que le cae encima a diario del mundo.

 

  1. Las primeras veces que me llevaste al Zirahuén que estaba sobre Avenida Cuauhtémoc, tendría veinte años a lo más. Recuerdo la primera, cuando me presentaste a Lupita, la señora mesera que usaba una superminifalda negra. Preguntaste si me gustaba. Te dije que no. Y arremetiste con malicia: ¡a que no le tocas las piernas! Te volví a decir que no. Sólo atinaste a susurrar en voz baja: Pinche fresa.

 

  1. La noche cuando le hiciste a tu estilo un homenaje luctuoso a Juan Rulfo. Colgaste en los tendederos de todo el patio de tu primera casa en Once Mártires, fragmentos de cuentos de El llano en llamas y de Pedro Páramo. Leíste poemas. Además conseguiste una caja de madera que semejaba un ataúd  y adentro una foto del rostro Rulfo en tamaño poster. Al final la caja nos sirvió como hielera para guardar los frascos de las bebidas que nos íbamos tomando y para que pusieran sus nalgas todas las chavas de la fiesta, a las que por supuesto conminabas a sentarse. Dijiste que ahora sí, el maestro Rulfo estaría complacido.

 

  1. La noche que presentaste mi libro La carne de los linces, en la casa Jalisco en la colonia Roma. Qué memorable borrachera. Qué memorables encuentros amorosos se suscitaron ahí. Hasta el nombre de Yahualica salió a colación. Fue más que emotivo que te tomarás el tequila que según me habías regalado frente a todos para culminar tu discurso; más que emotivo que estuvieras detrás de cualquier mujer que andaba en la presentación; más que emotivo que dijeras que esa noche me había subido a ese carruaje que es conducido a través del tiempo por Homero. 

 

  1. El día que te presenté a mi maestro Alberto Orozco “Walo”. Después de ese encuentro sobrevinieron otros con algunos brindis de por medio. Gracias a ello el taller que dabas en Tlalpan se trasladó por dos años a la Quinta Soledad. Hermosa casa con enormes jardines para  los maristas retirados. Ahí vivió Freud, ese perro color chocolate que andaba saltando y corriendo por todos lados como loco y que a todo visitante recibía con singular alegría. Cuando murió atropellado, “Walo” le escribió una de las cartas más conmovedoras que he leído dirigidas a un perro. A ti también te conmovió cuando la viste pegada sobrealgunas paredes de  la Quinta. El lunes siguiente apareció publicada en tu columna de la sección cultural del periódico El Financiero.

 

  1. Lo viví más de una vez: además de los perros, los amigos, las cantinas, también te conmovían las mujeres. Las ajenas mucho más. Ninguna de mis novias se salvó de que te las quisieras ligar. Solo me decías cuando te reclamaba: Ya sabes como soy mano. Pero también te tocaba las entrañas el trágico final de las vidas de Dostoievsky y su esposa. Entonces el whisky hacía más fulgurantes nuestras mutuas confesiones. A veces muy rudas, a veces muy cursis. Prometo no develar  ninguna.

 

  1. Cómo me gustaba ponerte en jaque. Ya entrados en copas en alguna cantina, comenzábamos el juego de preguntas y respuestas. Vaya que nos reíamos bastante a costillas de otros. Te daba nombres de escritores mujeres y hombres por igual. Los que me venían a la mente en ese momento  y tú me contestabas algo serio o chusco que distinguiera a ese escritor. O de plano decías: La neta no lo he leído o no lo conozco. Los focos rojos se encendían cuando llegábamos a los escritores vivos, ya que algunos corrían el riesgo de ser cuates tuyos. Pero no importaba, pasaban al cadalso de tu agudeza por igual. Prometo no develar a ninguno.

 

  1. Porque no sabes la emoción que sentí cuando vi mis primeros poemas publicados en la sección cultural del Financiero. Se los enseñé a mi chava, a mi maestro “Walo”, a mi madre y a mi perro. Sé que siempre te gustaba hacer mucho de esto: publicar, motivar, fijar tu mirada sin ser condescendiente con los textos de tus alumnos más incautos, más noveles, más arropados para confrontarlos de lleno ante el vacío.

 

  1. Por ti conocí algunos maestros poetas. Cito dos muy jefes. El primero mexicano y el otro español. Rolando Rosas Galicia y José María Álvarez. Hombres que admirabas por su pasión y oficio, y por quienes te acercabas un poquito más al alma de la más alta expresión literaria que es la Poesía que compartías con todo conocido o desconocido.

 

  1. Ebrios de madrugada con whisky Etiqueta Roja me ordenaste que abriera la cajuela de tu carro y tomara el libro que más me latiera. Estaba repleta de libros. Entonces decidiste que lo mejor era pasar todos, sin excepción, de tu cajuela a mi cajuela. Estábamos muy llenos de alcohol para hacer ese ejercicio. Acordamos que solo me llevaría los que alcanzara a tomar con mis manos. De esos libros conservo El hombre cubierto de mujeres de Pierre Drieu La Rochelle y Colmillo blanco de Jack London.

 

  1. Ebrios otra madrugada, ahora con whisky JB (Johannes Brahms como solías llamarlo), fuimos a una cantina de mala muerte, allá en el las zonas limítrofes de Tlalpan, donde me explicaste la historia más triste que jamás había escuchado sobre la vida de algún dueño de cantina. Verdad o mentira, chocamos las manos con los ojos enrojecidos.

 

  1. Me llamaste por teléfono para invitarme y desinvitarme al homenaje que te iban a realizar en la Feria del libro del Palacio de Minería. Nunca había imaginado la cantidad de gente que ibas a convocar en el evento. Lleno era poco. Subiste al tinglado con tu etílica prevención ante los discursos. La gente se reía de lo que hablabas. Para finiquitar el numerito, terminamos algunos incautos acompañándote al “Dos Naciones”. Ahí me preguntaste sonriendo: ¿cómo viste? Tenías la expresión más esplendente de un demonio.

 

  1. Diste una plática en la Pastelería Gante. Se lo propuse a mi tío Filiberto y aceptó. Te lo propuse a ti y aceptaste. Quince trabajadores entre mujeres y hombres escuchando tus palabras sobre el pan. Juntar el quehacer de escritor con el quehacer panadero. De ahí salió un texto tuyo: El pan que siempre es posible compartiry otros pensamientos más. Saliste cargado de bizcochos y barras de pan. En el camino de regreso te confesé que había perdido el libro que me regalaste, Homenaje a la mentira con una dedicatoria padrísima que le habías escrito. Te seguí diciendo que por culpa de una mujer y que, de paso, ella me había hecho pedazos el corazón.  Estás muy chavo. Por algo pasan las cosas y generalmente siempre pasa lo mejor. Ya te irás haciendo hombre, dijiste. Fuimos al Gallo de Oro, solo dos tequilas porque tenías mucho en que trabajar.

 

  1. No podías creer que conociera y me gustara Jascha Heifetz, el violinista rumano. Yo no podía creer que también te gustara como a mí, José José.

 

  1. Estuviste en la inauguración del Espejo de la Luna en Miramontes y después de ahí muchas veces más. Para presentar libros, para dar clases, para charlar, para aconsejar, para ironizar y para intentar cuando podías, volarte un libro. Pero te entraba el remordimiento y me lo regresabas. Te burlabas: Para que veas que tienes empleados bien al tiro. ¿Cuántos Johannes Brahms abrimos y nos los bebimos? Creo que ahí te empecé a llamar maestro. Porque aprendí un poco sobre tu serenidad para hablar y escuchar. La forma en que respetabas los pensamientos de los demás, aunque no estuvieras de acuerdo. Es decir, ser neto, ser chido, ser genuino. Y porque me dijiste que le pusiera a nuestras sesiones de los lunes Taller de Creación literaria “Un hilito de sangre”.

 

  1. Hace muchos años leí un poema tuyo, sin título, publicado en 1982 y que nunca te dije que me había gustado. Se lo leí como a seis chavas. Neto. Quizá por su sencillez o porque habla del pan  o porque habla del poeta. Cosas que casi no tienen que ver conmigo. Dice así:Por esta noche/no leeré los versos de costumbre/Esta vez/sólo te desnudaré con mis poemas/mientras uno el azúcar de mis poros/en los panes/que adornan tu silueta/Robaré la luz de las palabras/y alumbraré con ella/la oscuridad diurna de tu pubis/ Por esta noche/y sólo por esta/harás el amor con un poeta.

 

  1. Aquella mañana que me invitaste a tu casa mientras Coral preparaba un desayuno delicioso, pusiste música de Beethoven y me preguntaste si sabía lo que era un stacatto. Oí por primera vez contigo las notas del Triple Concerto. Se te irisaron los ojos cuando comenzaste a hablar de tu padre, de su forma de tocar el violín, de su forma de ser. Me regalaste entonces un CD que exhibe en  su carátula Homenaje, Higinio Ruvalcaba 1993. Al calce del mismo hay escrita una dedicatoria: Alejandro: La mano que escribe, el corazón que se entrega… Eusebio.

 

  1. Hablando de pan,no sé cuántas veces fui a dejarte pan de muerto, rosca, o barras de pan a tu casa. Recorría la ciudad desde Jardín Balbuena a San Fernando para compartirte lo que salía de la pastelería del tío. Casi siempre me decías, hazme un gran favor si puedes. Estuvieras o no estuvieras en casa. Llévaselo a Coral, le va a dar mucho gusto.

 

  1. Estas líneas están dedicadas con afecto a todas las personas que estuvieron cerca de Eusebio en sus últimos días. Los que conocí y los que ya conocía. A los ya nombrados “Guardias”. Y por supuesto a su familia. Ellos saben.

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Alejandro Rojas Espinosa (Ciudad de México) se dedica al oficio de la panadería. Ha publicado dos libros, La carne de los linces y Virtud veneno. Premio Internacional de Poesía San Román de México y el Caribe, ha publicado sus poemas en El financiero, Antología de los 43, La nigüa, Esperanto, Crisálida, entre otros a nivel nacional e internacional. Amante de las mujeres, el vino y el pan.

Fotografías: Abril Mendez