Voynich: la elocuencia de un manuscrito cifrado

El manuscrito Voynich es un texto de finales de la Edad Media que, por lo enigmático de su contenido, ha agrupado en torno suyo, a lo largo de más de seis siglos, a una buena cantidad de personas que han buscado por todas la vías la forma de leerlo.

La existencia de textos encriptados o escritos en idiomas artificiales es un fenómeno, a nuestros ojos, distintivamente moderno y muy propicio para la proliferación de elucubraciones conspirativas y de un sin fin de películas y novelas casi siempre malas; es por eso que nos asombra que exista un manuscrito de tan temprana época que, a la fecha, no haya podido ser descifrado. Sin embargo, más allá del potencial que tenga el Voynich para figurar en  la trama de un thriller danbrownesco, lo que resulta más interesante acerca de dicho texto es lo que nos puede decir acerca de la cultura escrita que lo produjo. Una pregunta pertinente sería: ¿qué se necesita para que una cultura produzca un manuscrito encriptado?, porque es evidente que se requiere cierto nivel de perfeccionamiento de las prácticas de escritura para poder concebir algo como el manuscrito Voynich.

Antes del siglo XV las prácticas de lectura eran muy distintas a las nuestras. Los textos casi nunca se leían en silencio ni eran de uso personal, sino que se leían en público y en voz alta. Un escrito producido en dicha época tenía como fin una lectura oral y colectiva, por lo que debía de estar compuesto para ser aprehendido (y probablemente memorizado) auditivamente. En un contexto en el que tanto la producción como la recepción de textos estaban arraigadas a las dinámicas de la oralidad, es imposible pensar en la existencia de textos cifrados.

El vuelco del oído a la vista, es decir, la evolución de la lectura oralizada a la lectura solitaria y silenciosa, precisaría de una serie de innovaciones que se desarrollarían en el camino del siglo XI al XV, tales como tipografías más sencillas y legibles, nuevas reglas de puntuación, glosas que posteriormente evolucionarían en notas al pie, etc.

El manuscrito Voynich, entonces, puede ser entendido como un texto en el que se cristalizan, de manera paradójica, dichas innovaciones escriturísticas, pues en él, por la circunstancia de estar probablemente cifrado, no hay rastro de una intención a ser oralizado ni aprehendido auditivamente, sino todo lo contrario: cualquier acercamiento que se quiera tener al Voynich tiene que ser obligatoriamente visual, y cualquier intento de lectura que se quiera hacer de él presupone una intimidad entre el texto y el lector que sólo puede existir en culturas con una cultura escrita muy avanzada. Lo mismo sucede en novelas modernas, como el Finnegans Wake, de James Joyce, en donde aparecen palabras como la siguiente: Bababadalgharaghtakamminarronnkonnbronntonnerronntuonnthunntrovarrhounawnskawntoohoohoordenenthurnuk. Los autores de este tipo de novelas juegan con la imposibilidad de que el lector lea en voz alta sus textos, obligándolo a una lectura solitaria y en la que únicamente se requiera el sentido de la vista. Ambos, el Voynich y el Finnegans Wake, son textos sumamente refinados. Su perfección reside en la dificultad y casi imposibilidad de  su lectura.

 Se ha planteado la posibilidad de que en realidad el Voynich no dice nada, sino que es una mera concatenación de caracteres sin ningún significado (lo mismo se ha dicho del Finnegans Wake). Sin embargo, independientemente de si el manuscrito está cifrado o está escrito en un idioma artificial o si no es más que una farsa, lo cierto es que da cuenta de una cultura escrita con una creciente fijación en el sentido de la vista, así como de una serie de evoluciones tecnológicas, relacionadas con la escritura y la comunicación, que no han cesado hasta nuestros días.

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